Memorias

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Rodrigo Rato.

Rodrigo Rato.

Le ofrecieron la presidencia de Repsol al instarle a dejar la de Bankia antes de su nacionalización. Oriol Junqueras le dio clases de Física Cuántica en la cárcel de Soto del Real. Isidro Fainé y él rompieron las negociaciones para fusionar La Caixa y Bankia en la barra de la cafetería del Círculo de Bellas Artes de Madrid. Su sueldo en el Fondo Monetario Internacional (FMI) era casi 10 veces superior al del de vicepresidente del Gobierno español (por ser libre de impuestos).

Estas son algunas de las interioridades que revela el expresidente de Bankia Rodrigo Rato (Madrid, 1949) en sus memorias, 'Hasta aquí hemos llegado' (Península). Escritas junto a Alicia González (Madrid, 1972), periodista de El País y esposa de Rato, salen a la luz 12 años después de la creación del banco, con causas judiciales aún pendientes y a un mes de que España celebre elecciones generales con el que fue su partido pilotado ahora por el popular Alberto Núñez Feijóo.

Rato reflexiona sobre toda su trayectoria personal y profesional, aunque se centra sobre todo en su etapa como vicepresidente económico del Gobierno de José María Aznar, su paso por Caja Madrid/Bankia y el periplo judicial desde que abandonó el banco hoy integrado en CaixaBank.

Su aproximación a la realidad es parcial y subjetiva, aunque bastante certera en torno a lo sucedido en una de las mayores crisis financieras de la historia en España, que acabó con la nacionalización y el rescate de Bankia.

Rato construye su relato y ajusta cuentas con políticos (José María Aznar y Luis de Guindos), banqueros (Francisco González y José Ignacio Goirigolzarri), supervisores (Miguel Ángel Fernández Ordóñez) y miembros del ámbito judicial (el juez Fernando Andreu y la fiscal Carmen Launa). Admite errores propios sin pudor pero también busca excusas e identifica a enemigos externos para justificar su actuación.

Aunque tenga razón en buena parte de sus líneas argumentales, él no está exento de responsabilidad. Pudo decir que no a muchas cosas que le exigieron y que no le gustaban. No lo hizo y se equivocó aferrándose al cargo.

Herencia recibida

El exvicepresidente del Gobierno español llegó a la presidencia de Caja Madrid en 2010, sin experiencia en banca minorista. Heredó de su antecesor -Miguel Blesa (que había estado 12 años en el cargo)- una entidad débil, enfocada en exceso en el sector inmobiliario y apoyando su crecimiento en los inmigrantes. Su capacidad de generar ingresos era limitada.  

Aun así, explica en sus memorias: «Llegaba bastante eufórico, con ganas de sumergirme en la que creía que iba ser la última etapa de mi vida profesional». Pero carecía de un equipo lo suficientemente preparado para gestionar una entidad con tantos riesgos. «Mi primer fallo fue no considerar urgente y prioritario elegir un equipo directivo propio», escribe Rato, que lamenta haberse puesto a resolver los problemas de la entidad con los mismos ejecutivos que los habían causado.

En esos compases iniciales en Caja Madrid está el germen de uno de los instrumentos financieros que más problemas le dio a Rato en el futuro, las tarjetas de crédito opacas o black. «Cuando llevaba un mes en Caja Madrid, cometí un error que nueve años después daría con mis huesos en la cárcel. Me dieron la tarjeta como miembro del comité de dirección y la cogí sin pensarlo. Debí haber pedido los detalles de su uso y de su contabilización. Pero no lo hice», señala.

Rato no tenía equipo pero sí contaba con políticos en los órganos de gobierno de la caja, algo que él niega que fuera un problema. Se equivoca. En todo caso, sin tiempo para más, se adentró en un sector que estaba en reestructuración tras el estallido de la burbuja inmobiliaria. Accedió a las presiones de los supervisores y del Gobierno, que le pidieron primero fusionarse con una entidad débil (Bancaja) para crear un grupo más grande (Bankia) con un balance que debía sanearse. Poco después le exigieron más y salió a bolsa para captar el capital que necesitaba con el fin de fortalecer su solvencia. Todo en defensa del interés nacional.

Es verdad, como explica en el texto, que estos cambios continuos en los marcos regulatorios del sector desestabilizaron a Bankia, a la que se exigía recapitalizarse una vez sí y otra también, con los mercados poco dispuestos a invertir en cajas de ahorros españolas en un entorno de crisis. Pero él fue quien quiso mantener a Bankia en solitario, sin fusionarse con otros grupos más grandes y recurriendo a la Bolsa sin dar entrada al Estado en el capital. Rato sobreestimó su capacidad de resistencia y no vio la que se avecinaba cuando el Gobierno lo forzó a dimitir, nombró a su sucesor (Goirigolzarri) y nacionalizó la entidad, hoy integrada en CaixaBank.

El dedazo de Aznar

A uno de los primeros personajes a los que pone en su sitio en su autobiografía es a Aznar, el que fue presidente del Gobierno español entre 1996 y 2004. Rato relata cómo él contribuyó con otros políticos de centroderecha a llevar al entonces líder de los populares hasta la Moncloa. Lloró en su primer discurso de investidura como presidente y aceptó ser su vicepresidente segundo. Le habría gustado ser el primero.

Después, las cosas cambiaron y Rato no le perdona a Aznar que gobernara «en solitario» y que quisiera designar a su sucesor tras el fin de sus mandatos. «Él era nuestro elegido y no al revés. No nos entendimos. Un dedazo -en referencia a la designación de Mariano Rajoy- que no vino bien a nadie».

Otro de los suyos (del PP) al que también deja en evidencia es al que fue ministro de Economía Luis de Guindos -por hacer publicidad negativa sobre Bankia, forzarlo a fusionarse con La Caixa, volver loco al sector con los cambios normativos y finalmente exigir su cabeza-. Al conjunto del Gobierno de Rajoy le acusa de convertirle en el chivo expiatorio de la crisis financiera y de querer verlo en la cárcel. También carga contra la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, porque su jefa de gabinete avisó a los periodistas del momento exacto en que iban a detenerlo.

En el ámbito puramente bancario, Rato atiza a los responsables del Banco de España -«con el tiempo aprendería que no hay nada menos fiable que el respaldo de los responsables del Banco de España»- y a competidores como Francisco González (expresidente de BBVA, por atacar a Bankia), Isidro Fainé (por negociar en beneficio de La Caixa y no del resto del sector) y a su sucesor en el cargo, Goirigolzarri.

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No se salvan del ajuste de cuentas ni el auditor de Bankia ni la Casa Real, que nunca más lo invitó a las recepciones en Zarzuela después de asistir a la abdicación del rey Juan Carlos I. Tampoco se libra el eje formado por Alemania y Francia, que dominaba el Banco Central Europeo cuando este, antes de que llegara Mario Draghi a lo más alto, se negó a ser el salvador de última instancia de los bancos.

Le disgusta que acusaran a los bancos del endeudamiento del conjunto de la economía española. «Se eligió culpar a los dueños de los bares de las borracheras y exculpar a los bebedores», dice Rato, que muestra en el libro su lado más personal. Rezaba antes y ahora medita, adora Portugal y nada en el mar siempre que puede.