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¿Qué le pasa a la derecha?

Radicalizada, la derecha se ha dejado arrebatar la imagen de responsabilidad y seriedad por parte de la socialdemocracia

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Leonard Beard

Leonard Beard

Hubo un tiempo en que la derecha cultivaba la imagen de ser seria, fiable, responsable, previsible, pragmática, aburrida, ante todo aburrida. Cierto, en sus alas extremas solían pulular histriónicos, pero esa amalgama conocida como el centroderecha y el conservadurismo asumía en sus diferentes expresiones (la democracia cristiana en Europa, el Partido Republicano en Estados Unidos) una imagen de respeto a las instituciones y los usos y costumbres establecidos: a la ley, al sentido común (cómo les gustaba hablar de lo que llamaban el más común de los sentidos), a la responsabilidad, a la moderación de palabra y acción. Por contraste, la izquierda, tan vistosa, tan colorida, tan proclive a enamorarse de sus histriónicos y consumirlos como un amor de verano, era menos fiable, siempre sospechosa de esconder un amour fou marxista en el armario y un Komintern en un rinconcito del corazón.

Por supuesto esa era la imagen, después las habas se cocían como dicta la coyuntura de cada momento y en cada país, con sus aciertos y errores, con sus glorias y sus miserias. Pero en ese pacto que marca el bienestar de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial entre la socialdemocracia y la democracia cristiana, entre el progresismo y el conservadurismo, la derecha era ‘establishment’ y la izquierda, también, pero menos, siempre coqueteando que si con verdes, que si con animalistas, que si con feministas radicales, que si con luchadores por la libertad, que si con movimientos de liberación nacional, que si con tíos barbudos y tías perroflautas, que si con iconaclastas, dogmáticos e idealistas.

Reagan y Thatcher

Pero un día la derecha se volvió eso, idealista. La revolución más influyente después de la Segunda Guerra Mundial la protagonizó la derecha: la oleada conservadora de Ronald Reagan (uno de los presidentes más transformadores de la historia de EEUU, como lo definió con acierto Barack Obama) y Margaret Thatcher. Ellos abrieron la puerta a otro tipo de iconaclastas, dogmáticos e idealistas que dibujaban una curva en una servilleta que mostraba que bajando impuestos se recaudaba más; que mediante desregulaciones los mercados funcionaban mejor; que el futuro de los servicios públicos, su supervivencia, era eliminarlos, es decir, privatizarlos por entero; que de las crisis se salía con jarabe de ricino; que la globalización es buena para los demás; que la ciencia es discutida y discutible; que el Estado simboliza todos los males ante el individuo. Tras Reagan vinieron los neocon, tan idealistas que hasta quisieron exportar la democracia a bombazos; y tras ellos, en unos tiempos inciertos, de profundo cambio, encrucijada de crisis sociales, económicas, sanitarias y geoestratégicas, los histriónicos tomaron al asalto la derecha a lomos del populismo.

Hoy, iconaclastas, dogmáticos e idealistas menudean en la miriada de trincheras de la derecha. En la batalla de las ideas, la izquierda y el progresismo se han vuelto ‘estabishment’ a medida que sus causas (ecologismo, feminismo, derechos del colectivo LGTBI…) se han generalizado. Pero también se ha vuelto ‘establishment’ porque la responsabilidad se ha mudado al campo del progresismo, de la socialdemocracia. En EEUU el Partido Republicano de hoy —nativista, ultranacionalista, irracional— presa del trumpismo y decenas de otros ismos a cual más irracional, desde el pensamiento mágico económico hasta los creacionistas, avergonzaría a Lincoln. En el Reino Unido el Partido Conservador ha conducido al país al abismo del ‘brexit’. En Europa, la derecha oriental lidera el asalto iliberal a la UE, y la democracia cristiana y el conservadurismo tradicional o se vuelven invisibles (Francia, Italia) o se mimetizan con la extrema derecha hasta volverse irreconocible, con honrosas y nunca bastante elogiadas excepciones como Angela Merkel.

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El eje ideológico se rompe si la derecha se escora, ya que obliga a derechizarse a la social democracia y deja un amplio margen a la izquierda de la izquierda para que nazcan y se reproduzcan sus propios histriónicos, que ahí nunca faltan, que a su vez se tocan y se retroalimentan con los de la derecha extrema (o son intercambiables, como los grillini italianos). En una conversación dogmática y sectaria en la que el pensamiento libre es traición, solo los puros prevalecen y es naíf creer que es posible una conversación política responsable en estas condiciones. Este fin de semana volveremos a ver otro ejemplo en Brasil, donde el antiguo líder sindical de profundas raíces ideológicas de izquierda es la voz de la responsabilidad y de la cordura ante un candidato de la extrema derecha peligrosamente iluminado.

¿Qué le pasa a la derecha? Que en muchos casos dejó de serlo.