GOLPE FRANCO Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Unzué junto a Guardiola en el banquillo siguiendo el encuentro en el Camp Nou.

Unzué junto a Guardiola en el banquillo siguiendo el encuentro en el Camp Nou. / JORDI COTRINA

El fútbol es, también, una gestión de la amistad, la solidaridad y la alegría. A Pep Guardiola se le vio el miércoles en el Camp Nou en el centro de su vida, como si el tiempo no hubiera pasado por él sino por su pelo, por su barba de papa laico, por su gesto más reflexivo, como si viniera de explicarse algunas noticias que, en otros tiempos, hubieran cambiado su ánimo.

Él fue, entre los tres amigos que se juntaron en el campo de sus vidas, el que más me llamó la atención, aunque el hombre que allí concitaba la admiración que merece su lucha física y moral en contra de un mal que mina su cuerpo, pero no rompe su alma, era Juan Carlos Unzué.

Al antiguo portero, al hombre que ayudó tanto a Guardiola como a Xavi a ser mejores en un oficio que él se sabe desde la portería y desde el banquillo, se le conocen ya sus actitudes, y sus aptitudes, como un héroe de este tiempo, capaz de afrontar una desgracia, no ensimismarse en ella y buscar el modo de convertirla en bandera de ayuda a los que sufren igual mala suerte.

Los tres estaban tocados esa noche, en la que también se disputaba un interesante partido de fútbol, por los clarines desiguales del pasado, y todos tienen ya una historia que contar. A Guardiola, triunfador en su tierra y en su equipo, Catalunya, el Barça, no lo supieron despedir aquí, después de unas temporadas en que, como entrenador, le enseñó fútbol a la humanidad y a la historia. Una desvaída rueda de prensa que no tuvo el mérito de ser generosa con él lo hizo revirar su cara acaso para siempre, pues el feo fue histórico y radicalmente inmotivado. No ha habido futbolista, en el campo y luego en el banquillo, más generoso con el Fútbol Club Barcelona. Ese día en que se le despedía parecía que el club había decidido trazar una nebulosa sobre su historia, como si aquello no hubiera pasado o fuera cualquier cosa. Esa imagen me rozó la cabeza cuando lo vi en el partido del miércoles.

Las historias de Unzué y de Xavi son radicalmente distintas, pues ninguno de los dos dio ocasión de que se repitieran algunas de aquellas asperezas innecesarias que sufrió Pep, sin que él, por otra parte, las sacara jamás a relucir. Unzué hizo una dignísima colaboración, como hombre de banquillo, a quienes se la requirieron. Fue, además, un excelente entrenador en sus otros destinos, y en la situación actual, cuando lucha por los otros y por él, da muestras de una emocionante solidaridad.

Él no es el protagonista único de la historia que cuenta; al contrario, se ha ofrecido sin desmayo a luchar por quienes pasan por sus mismas circunstancias y así se pronunció en su discurso previo a una jornada de fútbol que, como el prolegómeno, concitó a millones de espectadores. Su presencia en el campo, todos sus gestos, lo que habló, cómo se relacionó con Xavi y con Pep, en cada uno de los banquillos que compartió, fue una lección de humanidad, de gallardía, de solidaridad y de alegría. Alegría es la palabra que nos salva en el dolor, y de esa palabra Unzué tiene un arsenal inagotable.

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Xavi es, por así decirlo, un juvenil en la carrera de las experiencias, pero ya sabe cuál es el contraste del que advertía Kipling: el éxito y el fracaso son dos impostores. Pisa ahora un campo muy querido, él sabe ya cómo se comportan la grada (y los directivos) cuando se ensombrece el marcador. Ya lo sabe, lo ha visto también en la experiencia ajena.

Ese rostro de Guardiola, pensativo, siendo el poeta civil que es el campo, será un día también el de Xavi, por unos u otros motivos. Pero cuando vi a Guardiola, en cada uno de sus gestos, se me vino a la cabeza todo lo que se sabe de él y me dio la impresión de que a Pep de pronto se le vino también encima toda su inmensa experiencia culé.