Artículo de Joan Tardà Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Alfabetización republicana

La izquierda española, ante el peligro de crecimiento de los populismos reaccionarios o nihilistas, debería liderar un proceso que asocie republicanismo con modernidad

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Bandera republicana

Bandera republicana / AGUSTIN CATALAN

En el conjunto del Estado, y mucho más en Catalunya, la simpatía hacia la institución monárquica continúa bajando. Cifras sorprendentes después de decenios de dominio de los apologetas de la Transición. Intelectuales y políticos de toda condición que ni asumieron un debate crítico ni aceptaron nunca que el régimen monárquico actual fue construido con materiales de segunda, producto del pacto con las élites de la dictadura. Se más, se empecinaron en convertir la Transición en un modelo de excelencia para ser exportado. La realidad, en cambio, es que, salvo Chile, ningún otro Estado utilizó la Transición como patrón y en el caso chileno el modelo de impunidad importado de España ya fue inicialmente sacudido a partir de la victoria en 1999 de Ricardo Lagos. Y hoy, el sistema político español nacido en 1978 ha empezado a sufrir las consecuencias, tal como evidencia la carencia de potencialidad democrática para encarar los retos del siglo XXI, todos ellos trascendentales, globales e inmediatos. Déficits que condicionan la calidad de las instituciones y el modelo productivo, incapaz de hacerse un lugar en la nueva división mundial del trabajo, poniendo en jaque la sostenibilidad del mínimo reparto de la riqueza que ha supuesto el Estado social y de bienestar.

Los avisos fueron ignorados: desde la presencia de un solo jefe de Estado (el dictador Teodoro Obiang) en las exequias de Adolfo Suárez, en 2014 al esperpéntico blindaje del rey emérito, pasando por la represión policial del 1-O. Un Estado español que, a diferencia de aquello emprendido conjuntamente por la CDU y la SPD a fin de 'desnazificar' y 'desprusianizar' a la sociedad alemana, optó por banalizar, a través de la impunidad, la larga dictadura franquista y renunció desde la LOAPA post23-F a transitar desde el Estado compuesto autonómico a la resolución de los conflictos nacionales. En conclusión, ninguna ruptura profunda con el franquismo y, en consecuencia, presencia de un 'deep state' que con toda facilidad (¡cloacas!) se externaliza del funcionamiento democrático del mismo Estado. Y, para acabarlo de arreglar, normalización de Vox como muleta útil para garantizar la probable victoria de Feijóo.

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Ni ruptura con el pasado franquista, pues, ni 'descastellanización'. Efectivamente, todavía permanece en millones de ciudadanos españoles el imaginario que asocia catalanes a 'enemigos interiores'. Fenómeno histórico ya acuñado en épocas preindustriales, retroalimentado por los debates decimonónicos entre librecambistas y proteccionistas, incrementado por las dictaduras del siglo XX y universalizado por el 'procés'.

Paradójicamente, en la actualidad, una alternativa republicana a nivel estatal se presenta tan imprescindible, atendiendo al desprestigio de la Corona y al cada vez más evidente callejón sin salida del sistema democrático español actual, como incipiente porque, excepto en Catalunya, el republicanismo todavía se está rehaciendo de los años de ostracismo sufridos a manera de un segundo exilio interior 'post Transición'.

Un escenario que la izquierda española tendría que contemplar como una oportunidad, ante el peligro de crecimiento de los populismos reaccionarios o nihilistas. Liderar una alfabetización republicana que asocie republicanismo con modernidad y supere el inevitable sesgo historicista a que el republicanismo se ha visto obligado para mantener el hilo de la memoria de 1931, interpelando a los sectores más innovadores y dinámicos de la sociedad a participar en la construcción de una alternativa republicana que los fundadores de la II República sí habían tenido cuidado de construir, gracias a convertir en sinónimos republicanismo y progreso a través de los ideales de una nueva sociedad, liberada de la corrupción de los partidos dinásticos y de la tutela de la Iglesia católica, para hacer resurgir la cultura, el libre pensamiento y los derechos sociales.

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En conclusión, volar por encima de los prejuicios territoriales (los datos publicados últimamente de simpatía que despertamos los catalanes en todo el Estado son alarmantes), fomentar los valores de la responsabilidad individual y colectiva, diseñar el norte de la conquista de todas las soberanías (también la que tiene que permitir el ejercicio del derecho a la autodeterminación) y actuar de palanca para que las generaciones nacidas a caballo de los siglos XX y XXI construyan soluciones basadas en la socialización de la toma de decisiones y en el consentimiento.

Hacer posible, en definitiva, que las corrientes políticas y sociales progresistas del conjunto del Estado encaren el quid del republicanismo como galvanizador de un regeneracionismo imprescindible y el porqué ha vuelto a la actualidad el Pacto de San Sebastián de 1930.