La ruta de Putin Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Nacionalismo para la guerra

Todo es propaganda. El ataque no es la misión de salvamento de una minoría rusa, detrás solo hay la voluntad de voltear el ‘statu quo’ en Europa

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Nacionalismo para la guerra

El director de la CIA, William Burns, recoge en sus memorias una conversación con el presidente Vladímir Putin en 2008, cuando era embajador de Estados Unidos en Moscú, en la que aparece Ucrania retratada como una realidad política imposible a ojos del nacionalismo ruso. “¿No sabe su Gobierno que Ucrania es inestable e inmadura políticamente y que la OTAN es muy divisiva allí?”, le dijo Putin, que añadió: “¿No sabe usted que Ucrania ni siquiera es un país real? Una parte es realmente de Europa del Este y otra parte es realmente rusa”. Fue en 2008 cuando la OTAN abrió la puerta al futuro ingreso de Ucrania y Georgia, y fue aquel el año de la segregación de Osetia del Sur y Abjasia, posible gracias a la intervención del Ejército ruso.

La fuente de inspiración de Putin fue en aquella ocasión y lo es ahora el nacionalismo panruso, alentado desde la corte del zar desde por lo menos mediados del siglo XIX. Con independencia de las razones de índole estratégica que han llevado al Kremlin a desencadenar la tragedia ucraniana, en las palabras del presidente alienta la convicción de que la llamada Rusia europea –de los Urales hacia Occidente– es solo una realidad geográfica, pero no política y cultural. Y si las cosas son así, colegir que Ucrania es un artificio nacional es un paso relativamente fácil de dar; negar la posibilidad de que Ucrania sea un Estado no entraña mayor dificultad.

El segundo factor histórico, que Putin no mencionó en la entrevista con Burns, está contenido en una doble pregunta para una mejor comprensión de la identidad rusa: si Rusia no forma parte del entramado de la cultura europea, ¿de cuál forma parte?, ¿qué pesan más en la construcción de la identidad rusa: los ingredientes europeos o los asiáticos? ¿O puede que el enigma no sea tal, puede que Rusia sea una singularidad multicultural euroasiática en su condición de Estado-continente? Si esta última posibilidad se da por buena, resulta que tuvo sentido el propósito federalizante de Lenin y fue, en cambio, un atropello la rusificación a marchas forzadas del espacio soviético, activada por Stalin, que hizo posible una ficción unitaria que se vino abajo cuando desapareció la URSS.

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La ruta de Putin se adentra por el sendero del nacionalismo zarista y el unitarismo stalinista. El complemento de naturaleza emocional es el recuerdo del sacrificio soviético durante la Segunda Guerra Mundial –no menos de 26 millones de muertos–, algo que está grabado a fuego en el alma rusa y que explica la fuerza emotiva que puede tener el calificativo de neonazi aplicado por Putin al Gobierno ucraniano. Al recurrir a él busca una forma de legitimación sobrevenida al presentar la batalla del presente como un deber moral con los muertos del pasado. Todo es propaganda, pero es una estrategia bastante eficaz en el seno de una sociedad donde los medios de comunicación son una simple caja de resonancia del nacionalismo primario que exhibe el poder.

En ese marco de referencia para justificar el recurso a la guerra no hay ni rastro de 'toská', ese sentimiento ruso inaprensible o melancolía que no hay forma de traducir y que tan bien describe Olga Merino en 'Cinco inviernos'. El ataque no es la misión de salvamento de una minoría rusa; los blindados no han echado a andar movidos por un “sentimiento espiritual”, que diría Nabókov. Detrás de esa guerra solo hay la voluntad de voltear el 'statu quo' en Europa, sufragada la operación con los 600.000 millones en divisas atesorados por Rusia con la venta de gas y de petróleo. El resto es solo hojarasca.