Redes sociales Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Real como la vida misma

Tengo la sensación de que nos están –o nos estamos– convirtiendo en esclavos de los avisos y los mensajes

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Una persona fotografía un teléfono móvil.

Una persona fotografía un teléfono móvil. / Efe / Enric Fontcuberta

Seguro que haberse adentrado en la sesentena y estar a punto de debutar como abuelo condiciona la mirada. Acepto incluso que pueda limitar el campo de visión. No lo niego. Pero tampoco creo que acumular años implique claudicar ante lo modernamente correcto. Resulta que en este comienzo de año he descubierto, como tanta otra gente, una nueva red social; y no, esta tampoco me convence. Se llama Be Real (‘english, of course’, aunque la inventó un francés) y propone que una vez al día compartamos fotos de dónde estemos y haciendo lo que sea. No cuando nosotros queramos, sino cuando el algoritmo de turno decida que nos ha tocado y además con el límite de dos minutos. O sea, que los reclamos de Be Real son evidentes: autenticidad, porque apenas hay tiempo para ensayar un posado o fingir que estás disfrutando de un viaje paradisíaco, cuando a lo mejor te pillan cagando; e inmediatez, porque la respuesta es prácticamente automática.

Así que todo desprende un aroma de juego sencillo para compartir con colegas o con quien te dé la gana; ideal para adolescentes. Pero a mí me suena al enésimo asalto para conquistar nuestro tiempo y nuestra atención. Tengo la sensación de que nos están –o nos estamos– convirtiendo en esclavos de los avisos y los mensajes. Habitamos en el imperio de las interrupciones. Es más, creo que los períodos de tiempo en los que podemos estar tranquilos, aunque sea para aburrirnos, prestando atención a algo, a una sola cosa, cada vez son más escasos. La glorificación de la multitarea es el último grito en engañabobos. Y de la calidad de esa forma de socializar a distancia, la verdad es que yo tengo algo más que dudas. Para completar el retrato del (casi) abuelete anclado en la nostalgia, añadiré que un libro, una película o una conversación cara a cara las coloco a años luz. Porque dado que el tiempo, a nuestro pesar, es finito, no albergo ninguna duda al elegir. Ahora tendré que pensar en cómo convencer a mi nieto de que mola más ‘La isla del tesoro’ que compartir una imagen de cómo te lavas los dientes. Eso sí que es real.