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2022 debería ser el año en el que Europa adopte una posición firme en relación con las derivas iliberales de algunos Estados miembros

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Dos banderas de la UE ondean frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas.

Dos banderas de la UE ondean frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. / YVES HERMAN (REUTERS)

Son estos tiempos de incertidumbre, todo fluye demasiado rápido y apenas queda tiempo para reflexionar sosegadamente. En el caso español, además, todo lo que acontece más allá de las fronteras apenas merece un hueco en las noticias generalistas, estos días inundadas de la cepa ómicron o de los rifirrafes que acontecen en algún ayuntamiento o autonomía. Son todo lentes de cerca que no ayudan a comprender la complejidad de un mundo mucho más interconectado de lo que nos quieren hacer creer unos y otros. Es imposible explicar la crisis de suministros, las estrategias empresariales o la subida de la electricidad mirando de manera compulsiva solo hacia nuestros problemas más micro. 

En el contexto español, además, es de especial relevancia fijarnos en lo que sucede en nuestro entorno, ya que lo que sucede no es posible explicarlo sin mirar, al menos, hacia Europa en general y hacia la UE en particular. De hecho, la economía del próximo año va a depender de la buena gestión que se haga de los fondos de recuperación, no es suficiente con ser los primeros en recibirlos. Su distribución no solo debería estar enfocada a reflotar empresas o crear otras sostenidas sobre lo verde y lo digital. Más bien el objetivo debería responder a que, a través del impulso de lo verde y lo digital, se redujeran las desigualdades y los porcentajes de pobreza estructural. De cómo se resuelva esta cuestión dependerá el rumbo que adopte el país.

Y ese rumbo está inextricablemente unido a lo que acontece en el seno de la UE. Muchos son los retos que tiene Bruselas por delante en el año que ahora comienza. Y también son muchas las incertidumbres y de naturaleza diversa. De las decisiones que se adopten dependerá el modelo de UE que se construya. 

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El primero de esos retos necesariamente tiene que mirar hacia dentro de la propia UE, hacia su propia naturaleza. Así, este debería ser el año en el que se tomará una posición firme en relación con las derivas iliberales en el marco de los Estados miembros, será el momento de ver si efectivamente existe o no una voluntad política suficientemente firme de defensa del Estado de Derecho. Por el momento, las medias tintas y la tibieza han sido las líneas de actuación. En este sentido, quizás la salida de una Merkel comprensiva con líderes como Orban o Morawiecki, sería la excusa perfecta para impulsar un cambio en la hoja de ruta de Berlín. En este contexto, lo que suceda en las elecciones húngaras de abril de 2022 podrían quitarle un peso de encima a Bruselas o, sencillamente, reforzar al actual Gobierno húngaro con todo lo que ello significa.

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El segundo, el objetivo de la autonomía estratégica. Y este estará marcado por lo que suceda en otro de los grandes protagonistas, Francia, que durante este primer semestre no solo ostentará la presidencia semestral de la UE, sino que además celebrará lo que se prevé como unas ajustadas elecciones presidenciales, en el mes de abril. En ellas, la derecha y la extrema derecha se enfrentarán a un duelo sin par. La izquierda francesa ni está ni se la espera. Por el momento, las encuestas sitúan a Macron en cabeza, aunque con apenas 4, 6 y 7 puntos de ventaja sobre la gaullista Pécresse y los radicales Zemmour y LePen, respectivamente. Todo está abierto, si bien hay que confiar en la fuerza del voto republicano para evitar el desastre. Así, Macron utilizará como instrumento la visibilidad que le ofrece la presidencia de la UE para colocar tres conceptos que le sirven, tanto a nivel doméstico como europeo: recuperación, poder y pertenencia. Su idea, una Europa más francesa sobre la base de una soberanía europea que le permitirá recuperar la 'grandeur' perdida, frente a la propuesta alemana vigente durante los últimos años. En breve, la identidad francesa como identidad europea. Pécresse coincide y apuesta por ser más ejecutiva que su adversario, “Macron busca gustar, yo deseo hacer” es su lema. Ambos pelearán por implantar la visión francesa de Europa e intentarán aprovechar el momento de incertidumbre a su favor.

Y de fondo seguiremos teniendo a una compañera ya habitual entre nosotros, la pandemia, con la confianza de que 2022 sea el año de la verdadera nueva normalidad.