Regalo inesperado Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Sondheim, todavía

El amplio vestíbulo estaba vacío y en penumbra. Solo en una mesa del bar un hombre escribía inclinado sobre el papel. Lo reconocí enseguida

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El compositor Stephen Sondheim, recogiendo un premio en Londres.

El compositor Stephen Sondheim, recogiendo un premio en Londres. / EFE / TIM P. WHITBY

Largo todavía el duelo por el fallecimiento de Stephen Sondheim, músico, poeta y gran hombre de teatro, su figura se recuerda con todo tipo de homenajes. Quiero extenderme yo también en el recuerdo del desaparecido, compartiendo con ustedes algo muy íntimo y personal que me mantiene unido a él con la fortuna del fan cuya fidelidad obtiene, a causa del azar, un premio inesperado.

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Londres, diciembre de 1995. El National Theatre programa ‘A little night music’ con Judi Dench en el reparto. Yo había asistido ya a dos representaciones en dos días consecutivos, pero la tercera y última noche de mi estancia en la ciudad me acerqué al teatro cuando faltaban apenas 15 minutos para el telón final, con la intención de esperar a unos amigos que habían ido a ver la función de ese día. El amplio vestíbulo estaba vacío y en penumbra. Solo en una mesa del bar un hombre escribía inclinado sobre el papel. Lo reconocí enseguida. ¡Era Sondheim en persona! Superada mi timidez, me acerqué con discreción. Acerté al presentarme, porque dije: “Excuse me, Mr. Sondheim, I’m an actor from Barcelona…”. No me dejó continuar: “Oh, my God! Barcelona! Do you know Mario Gas?”. Se levantó, apretó mi mano y empezó a hablarme de las excelencias del ‘Sweeney Todd’ que había visto en nuestra ciudad. Me invitó a sentarme y siguió hablando con entusiasmo de la función del Poliorama sin que yo pudiera hacer otra cosa que escuchar y asentir. Pero cuando la conversación parecía haber tomado ya pista suficiente para remontar el vuelo, se encendieron las luces y el lugar empezó a llenarse de los espectadores que salían de ver la representación. Algunos reconocieron también al maestro y se acercaron hacia nosotros. Vi el terror en su cara. En un rápido gesto me firmó en una hoja de su bloc el autógrafo que no había llegado a solicitarle, se levantó, me apretó fuerte la mano en señal de despedida y desapareció a toda prisa por la puerta que conducía a las dependencias interiores del teatro. Estaba claro que yo le había entretenido más de la cuenta y que no deseaba encontrarse con la avalancha de público a la salida. Cuando fui a mirar el autógrafo que sujetaba con fuerza en mi mano derecha me di cuenta de que la izquierda sostenía a su vez un bolígrafo que no me pertenecía. ¡Era el bolígrafo de Sondheim! Él mismo acababa de entregármelo, dando por hecho quizás, con las prisas de la huida, que era de mi propiedad. No hice el menor gesto para devolvérselo. No tuve intención. Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita. Cerré la mano y lo apreté con fuerza. Un regalo, pensé. Producto de las prisas y el despiste, sí; pero un regalo. ¡Y qué regalo!

Ayer fui a buscarlo al cajón donde lo guardo desde entonces, con intención de utilizarlo para escribir este artículo a mano, de manera excepcional. Comprobé, con tristeza, que la tinta se había secado. Intenté reanimarlo con mi aliento. No respondió. Ya no escribía. No podía. Aunque yo prefiero pensar que no quería, tan de luto como nosotros.