Tensiones en el Govern Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Presupuestos sin gobierno

¿Qué hacen juntos dos partidos que no se soportan y que tienen como último objetivo no la independencia que invocan sino destruirse mutuamente?

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Jéssica Albiach y Pere Aragonès, en el Parlament.

Jéssica Albiach y Pere Aragonès, en el Parlament. / EUROPA PRESS / David Zorrakino

¿Se puede gobernar con alguien con quien estás en desacuerdo en casi todo? Catalunya es este país donde hoy se experimenta una folclórica coalición en la que dos partidos chocan sistemáticamente y frontalmente cada vez que se llega a una encrucijada decisiva. El último encontronazo se ha producido con la negociación de los presupuestos: tras el anunciado colapso con la CUP, ERC viró la nave hacia los ‘comuns’, pero Junts la dejó otra vez plantada con el argumento de que era un encuentro "político", y el resultado es que se aprobarán igualmente las cuentas y en otro día decisivo Junts se ha salido de la foto.

La cuestión que subyace en este nuevo incidente no son las cuentas del gobierno sino la precaria correlación de fuerzas existentes: Junts no quiere ninguna aritmética que no sea la del tripartito del 52%, y ERC quiere visualizar que ocupa una posición central desde donde puede hablar o pactar con todos. En esta guerra civil permanente hay más planos ocultos (como el viejo odio que se profesan los herederos de los convergentes y los herederos del PSUC, que se remontan a tiempos predemocráticos), pero lo sustancial es que, una vez más, los dos socios de Govern se sabotean mutuamente en el momento crucial. Sucedió con la fallida ampliación del aeropuerto, cuando Jordi Puigneró, vicepresidente del Govern, pactó con el Gobierno central a espaldas de su propio Ejecutivo un proyecto en el que las dos formaciones tenían visiones contrapuestas. Ha sucedido con las elecciones al Consell de la República, legimitimadas y aplaudidas por Junts e ignoradas olímpicamente por ERC. Y sucedió de manera grotesca con la mesa de diálogo, donde el desacuerdo sobre su composición desembocó en otra sonora ausencia de Junts. Todo esto sin hablar de las fricciones que vendrán y que ya están a la vuelta de la esquina: prepárense para los fuegos artificales cuando haya que debatir sobre los Juegos de Invierno o el eterno proyecto del Hard Rock.

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El verdadero problema de fondo es que ERC y Junts formaron gobierno sobre la mentira de que no había otra alternativa, y además lo hicieron sin intentar definir antes una mínima hoja de ruta para los próximos años. Los dos partidos se creyeron la ficción de que la única mayoría factible era la independentista, y a las primeras curvas de la legislatura han descubierto una obviedad: cuando no hay ninguna secesión de la que hablar, afloran graves diferencias ideológicas. Nada ejemplifica mejor esta discrepancia que sus respectivas relaciones con los ‘comuns’: para ERC son un aliado incómodo pero con el que mantiene un diálogo constante, para Junts son una especie de anatema con los que no se puede ni sentar en una mesa.

A ERC y Junts hoy no les une nada más que una idea débil y vaga sobre la independencia, que los dos saben que no es posible ni a corto ni a medio plazo. El desencuentro es tan profundo como sencillo de definir: Junts sigue apostando, ni que sea solo de palabra, por la vía unilateral, mientras ERC ya solo optará por el diálogo, la pedagogía y ensanchar la base. Son dos estrategias opuestas y además imposibles de casar. La mesa de diálogo, los presupuestos o el aeropuerto son solo una expresión más del abismo que separa a las dos formaciones independentistas. La pregunta es necesaria: ¿qué hacen juntos dos partidos que no se soportan y que tienen como último objetivo no la independencia que invocan sino destruirse mutuamente? Es un misterio solo explicable por el deseo inconfesable del poder. Sí, finalmente habrá presupuestos, pero lo que seguro que no hay es un Gobierno.