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Un salario menos mínimo

Mientras el argumento en contra del aumento del SMI, su efecto negativo sobre la creación de empleo, es muy discutible, resultan evidentes los argumentos a su favor

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Una camarera lleva bandeja con bebidas en un restaurante de la Malvarrosa

Una camarera lleva bandeja con bebidas en un restaurante de la Malvarrosa / EFE

Tras meses de debate, Gobierno y sindicatos han alcanzado un acuerdo para aumentar el salario mínimo, que se halla congelado desde inicios de año, tras los incrementos de un 22% y un 5% en 2019 y 2020, respectivamente. Ahora, dada la fuerte creación de empleo y las perspectivas de crecimiento, el Gobierno se ha posicionado a favor de un nuevo y moderado ajuste, situándose en una posición intermedia entre las propuestas de sindicatos y patronal.

La cuestión que subyace es hasta qué punto un aumento del salario mínimo puede perjudicar la creación de empleo. Ello ha llevado a la CEOE a desentenderse del incremento o a sugerir un ajuste territorializado, diferenciando entre unas y otras comunidades. Una propuesta muy compleja y que, en su caso, debería resultar de un debate sosegado y documentado, unas condiciones que no se darán en el corto plazo. En estas circunstancias lo más previsible era lo que finalmente sucederá: un aumento en la línea del Gobierno, la de añadir unos 15 euros a los 950 actuales. 

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Mientras el argumento en contra del ajuste, su efecto negativo sobre la creación de empleo, es muy discutible, resultan evidentes dos argumentos a su favor. De una parte, tan preocupante y destructivo como estar parado resulta el trabajar y no llegar a final de mes, lo que a menudo sucede con los empleos de peor calidad. Por ello, hay que ir acompasando la creación de ocupación con la mejora de las condiciones de los empleos de menor valor añadido. De otra, en un momento de tanta desorientación y fractura social, es fundamental atender las expectativas los colectivos más desfavorecidos. Y un aumento del salario, aún inferior al 2%, es una señal en la buena dirección. 

Finalmente, es de esperar que, pese a las divergencias, no se deteriore el diálogo entre sindicatos y patronal. Su entente está resultando fundamental en este tránsito tan complejo desde el inicio de la pandemia. Sin el menor asomo de diálogo político, solo nos faltaría perder el diálogo social.