Los Juegos desde el sofá

No me llame Simone, llámeme Nadia

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La gimnasta Nadia Comaneci, durante su su ejercicio en barras asimétricas durante los Juegos de Montreal (1976). La deportista rumana fue la primera en obtener una valoración global de 10 puntos.

La gimnasta Nadia Comaneci, durante su su ejercicio en barras asimétricas durante los Juegos de Montreal (1976). La deportista rumana fue la primera en obtener una valoración global de 10 puntos. / AP

Yo no sé qué hará usted mañana a las 10.50 horas. De todos modos, que lo sepa, a esa hora aparece, resucita, perdón se ilumina, de nuevo, el pebetero olímpico, si es que alguna vez estuvo apagado, que sí lo estuvo, con la aparición en la barra de equilibrio de la escultural, la pequeña, la única, la enorme gimnasta norteamericana Simone Biles, que, tras atravesar el Mar Rojo extendiendo sus manos sobre el tapiz de la gimnasia olímpica y encerrarse en un gimnasio poco glamuroso pero necesario para purgar su dolor, más mental que físico, ha decidido despedirse de nosotros, no de los JJOO, con una actuación que no me pienso perder.

De Biles ha dudado mucha gente y, sobre todo, mucho ignorante, mucho gentío de tasca en las redes sociales. Y Biles podría haber gritado a los mil vientos (y no lo hizo): “No me llame Simone, llámeme Nadia”. Porque fue la gran Comaneci, única antes que ella, la ‘mujer 10’, la niña que revolucionó la gimnasta, la primera que se acordó de ella tras su crisis. “Tienes que prepararte para recibir golpes de todas las direcciones por todo lo que hagas”, escribió Comaneci (Onesti, Rumania, 1961), desde su casa en Norman (Oklahoma, EEUU), donde regenta la academia y el gimnasio que comparte con su marido, Bart Conner, otro gran olímpico. “Hay mucha presión porque lo quieres hacer lo mejor que puedas. Pero, recuerda, quienes hacer lo mejor para ti misma y no para los demás, que esperan algo más allá de lo que puedes entregar”.

Esos tipos malvados

Que enorme y tremenda es la vida. Simone sufrió todo tipo de vejaciones a manos del doctor Larry Nassar, pedófilo sentenciado, en el 2018, a 175 años por posesión de pornografía infantil y por abusar sexualmente de Biles y centenares de niñas y adolescentes gimnastas. Y, menuda casualidad, allí, en el gimnasio que Béla Károlyi y su esposa Marta fundaron en EEUU, en 1981, tras huir de Rumania poco después de Nadia, fue donde el malvado (por decirlo suavemente) empezó a dar sus pasos de auténtico depredador.

Nadia, que según relata el historiador Stejarel Olaru en su libro ‘Nadia y la Securitate’ fue apodada ‘Corina’ ¡vaya otra Corina! en los informes del espionaje rumano, fue violada, cuando tenía 17 años, por el hijo del dictador Nicolae Ceausescu. “Cuando pienso en el cuerpo de mi pequeña cubierto de moratones de cabeza a los pies…colgaría a ese hombre de la lengua hasta la muerte”, llegó a contar Alexandria, la madre de Nadia, en el 2006.

Hay que ver a Biles

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Quien no quiera creerse a Simone, que se crea a Nadia. O que lea. Károlyi hacía pasar hambre a las gimnastas, que llegaron, incluso, a beber agua del tanque de los inodoros porque no les daban de beber. Las niñas se comían hasta la pasta de dientes del hambre que pasaban. Muchas, que sufrieron bulimia, se convirtieron en auténticas expertas en robar comida, que escondían en los dobladillos de los visillos o cortinas de sus habitaciones.

Yo veré a Simone como vi a Nadia, en Montreal-76, cuando yo tenía 24 años y jamás imaginé que aquella niña de porcelana que, en efecto, jamás sonreía, transmitía la más bella gimnasia que jamás vi. Lo de Biles es otra cosa. Miren sus piernas, son árboles. Y su coraje, fruto del dolor, sin duda.