La producción de alimentos Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Con la comida no se juega

La transición a sistemas de alimentación más sostenibles y resilientes ante el cambio climático es uno de los ejes prioritarios en las políticas europeas

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Con la comida no se juega

Sanny Caminal

El tomate de nuestra ensalada ha necesitado 13 litros de agua, tres meses de suelo fértil, pesticidas y fertilizantes artificiales, mano de obra para recolección, transporte y venta. La producción del tomate, como del resto de los alimentos, deja una huella hídrica importante, además de una huella de carbono, ambas multiplicadas por la ineficiencia: un tercio de los alimentos se malogran. A esto, hay que añadir las siguientes tendencias: menos lluvias, sequías más frecuentes, un descenso de la fertilidad de la tierra cultivable derivada del aumento de la temperatura, y una población de 10.000 millones de personas con necesidad de alimentarse para 2050. Todas las variables implican una disminución de la oferta, por lo que, si no se hace nada, es inevitable el incremento del precio de los alimentos frescos. 

Por este motivo, la transición a sistemas de alimentación más sostenibles y que aseguren su resiliencia ante el cambio climático es uno de los ejes prioritarios en las políticas europeas. La estrategia “del campo a la mesa” pretende reducir la huella ambiental, garantizar la seguridad alimentaria y la salud pública, aprovechar las nuevas oportunidades que generará esta transición mundial, y empoderar a los productores primarios que, a menudo, suelen ocupar una posición débil en la cadena de provisión.

La inversión en investigación y desarrollo en temas agroalimentarios está cifrada en 100 millones de dólares a nivel mundial, que es claramente insuficiente para la transformación que se necesita. Por ello, los fondos europeos reservan una buena parte del presupuesto para estas iniciativas, y hay muchos sectores que pueden implicarse y beneficiarse de esta transición.

Uno de ellos es el desarrollo de nuevas fuentes de proteínas que no sean de origen animal. La ganadería intensiva, aparte del sufrimiento animal, tiene un impacto medioambiental difícil de sostener. El futuro pasa por un mayor bienestar de los animales, menor volumen de carne, pero de mayor calidad. Las nuevas fuentes de proteína serán los insectos, las algas y los productos elaborados a partir de soja u otras proteínas vegetales que ya se encuentran en muchos supermercados. También hay que romper una lanza a favor de las lentejas, los garbanzos y las judías. Socialmente ya se observan cambios en esta dirección, a través de un aumento del vegetarianismo entre jóvenes o iniciativas como los ‘lunes sin carne’ o el ‘menú por el planeta’.

Otro de los sectores estrella será la aplicación de la tecnología para desarrollar cultivos de precisión que permitan optimizar el consumo de agua, como las técnicas de micro-riego. Ya existen huertos verticales instalados en habitaciones cerradas, con plantas a unos pocos centímetros de tierra sobre bandejas metálicas, sometidas a luces de diferentes colores, intermitentes, parpadeantes o intensivas, para observar si crecen más rápido. Las escenas futuristas de cultivos de algas ya son una realidad para algunas 'start-ups'. Quizás nuestro tomate de ensalada puede crecer en siete días si se aplica una luz malva, aplicada en períodos de 45 segundos a una cierta intensidad, seguidos por 20 segundos en oscuridad. Y necesitando solamente 0,3 decilitros de agua.

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