Malestares del retorno Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Batallitas

El desinterés de la gente por el relato del inmigrante retornado es una especie de castigo

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Panorámica de Barcelona con la Sagrada Família en el medio.

Panorámica de Barcelona con la Sagrada Família en el medio. / Ferran Nadeu

Lo más valioso que traen consigo los que regresan de un viaje no son los objetos que hayan adquirido, los llamen o no suvenires, es el relato del viaje, de lo vivido, de los encuentros, de los asombros, los choques, los éxitos y los fracasos. Las experiencias extraordinarias lo son aún más cuando las contamos. Vivimos para contarlo, para hacerles cuentos a los demás. Por eso en muchas ocasiones, incluso mientras estamos viviendo determinadas situaciones, ya estamos anticipando el placer de relatarlas y nos decimos a nosotros mismos cosas como “ya verás cuando lo cuente en el trabajo”; por eso mismo atesoramos historias que sabemos que le van a gustar a una persona concreta o incluso nos consolamos con el fatalista “dentro de un año cómo nos reiremos”, ya que sabemos que convertiremos esa situación desagradable en un relato cómico en cuanto logremos la distancia narrativa.

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También nos hacemos cuentos a nosotros mismos, porque, como narradores natos que somos, cambiamos las historias al relatarlas, las adaptamos al “público” (no cuentas igual el mismo suceso a tus padres que a tus amigas), modificamos nuestro rol, según queramos ser vistos y acabamos creyéndonos nuestra última versión.

Cuando se cierra una etapa vital, empieza la construcción de su relato. Ahora vuelvo a Barcelona después de 30 años viviendo en Alemania. Más de la mitad de mi vida la he pasado en el extranjero, con todo lo que esto implica en vivencias. Y regreso con muchas historias que me gustaría, pero no sé si llegaré a poder contar, ya que no sé si no se me negará el relato, como les sucede a tantos retornados.

Leí hace años un ensayo de dos psiquiatras, Alexandre García-Caballero y Ramón Area Carracedo, titulado ‘Psicopatoloxia do retorno’. Por esa mala costumbre que no me puedo quitar de prestar los libros que me gustan –todos tenemos nuestro lado proselitista–, se lo pasé a una amiga a la que le interesaba el tema, así que cito de memoria. En el libro los autores analizaban las dolencias psíquicas de muchos emigrantes gallegos retornados. Sus pacientes eran personas que se marcharon a diferentes países de Europa en la gran ola de emigración de los 60 y habían vuelto “a casa” al jubilarse. Las dolencias se manifestaban en síntomas difusos pero persistentes. Literalmente un “mal estar” en el lugar que tanto habían añorado y anhelado. Como los pacientes no encontraban cómo expresar lo que les sucedía, los psiquiatras los hacían hablar, los animaban a relatar, para que, en medio de ese relato, se fueran perfilando metafóricamente los síntomas. Y de este modo, de la narración de la vida cotidiana tras la vuelta extraían los síntomas de la depresión a la vez que iban perfilando también las causas. Determinante era, por supuesto, el choque cultural, la desilusión (en realidad casi inevitable en una época en la que viajar era mucho más difícil y las posibilidades de mantener el contacto eran menores) porque durante años habían idealizado su lugar de origen y ahora no se cumplían sus expectativas. Pero había otra causa importante, tan nociva como la anterior y era que sus convecinos les negaban el relato. A ellos, que tras 20 o 30 años de ausencias llegaban con un bagaje inacabable de historias, nadie los quería escuchar. A nadie parecía interesarle en absoluto cómo había sido el durísimo viaje ni la llegada a un país extraño, con una lengua aún más extraña, ni todas las experiencias inimaginables en el lugar del que provenían, como que su círculo de amistades hubiera no solo alemanes, sino también griegos, turcos, italianos, yugoslavos.

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Comentaban los autores que en parte este desinterés era una especie de castigo. Al que se marcha se lo castiga. Es algo inconsciente, pero el que se queda siente rencor por quien abandona el lugar, aunque la marcha sea forzosa, por razones económicas, de supervivencia, como fue en el caso de la emigración de los años 60 en España. Porque el que se va, en cierto modo, abandona.

Ahora que regreso, no tengo el plan explícito de fatigar a la gente con “batallitas” sobre Alemania, pero soy el producto de esos años en el extranjero, soy mi relato de esos años en el extranjero. Así que si, de vez en cuando, empiezo una frase con “pues en Alemania”, déjenme terminarla. Prometo que paro después del punto. Como ahora.

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