Contaminación

La ampliación del aeropuerto y la salud de las personas

Los objetivos de desarrollo sostenible, la agenda 2031, deben estar presentes en la decisión política

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Un avión despega del aeropuerto de Barcelona-El Prat.

Un avión despega del aeropuerto de Barcelona-El Prat. / FERRAN NADEU

Llama la atención, tras lo vivido en estos tiempos de pandemia, que la salud de las personas no esté en el debate de la ampliación del aeropuerto. Después de haber hibernado la economía y limitado nuestras libertades básicas en nombre de la salud, volvemos a poner el PIB sobre la salud de las personas.

Efectivamente, estos últimos días se ha producido un amplio debate sobre los pros y contras de la ampliación del Aeropuerto de Barcelona-El Prat. Entre los pros destacan los beneficios económicos que reportaría para Barcelona y Catalunya tal ampliación. Frases como «necesitamos ser un 'hub' internacional, conectados con oriente y occidente… No nos podemos quedar atrás» son algunas de las ideas fuerza que apoyan la propuesta. Dirigentes económicos y políticos nos animan a pensar en el progreso y en el futuro que tendremos si ampliamos «no más de 500 metros la pista central». 

Entre los contras destaca sobre todo el impacto ambiental, en concreto el área protegida de las lagunas y los aiguamolls del delta del Llobregat. Una posición defendida por ecologistas y algunos ayuntamientos vecinos al aeropuerto. Poco más en el lado de los contras. Parece que la suerte está echada, que no hubiéramos aprendido nada de esta experiencia traumática de más de un año de la que ahora parece comenzamos a salir, y donde con todas las limitaciones e incertezas la salud pública ha prevalecido.

Sin embargo, esto no tiene porqué ser así. La salud, el derecho constitucional, en España y en la Unión europea, a la protección de la salud, debe ser puesto en la balanza antes que se adopte la decisión política de ampliar o no el aeropuerto. 

De acuerdo con la investigación científica más reciente, resumida en la web del Instituto de Salud Global de Barcelona, la contaminación del aire, incluido el ruido, partículas y contaminantes químicos, causa una de cada 9 muertes en el mundo. Las más comunes son cáncer, ictus, enfermedades respiratorias, además de afectar al desarrollo cognitivo de los niños y niñas. 

Un estudio recién publicado en la revista médica 'Lancet' (2021) cuantifica el exceso de mortalidad prematura en casi 1000 ciudades europeas, siendo Barcelona una de las de mayor carga de mortalidad. Pero es también causa de hospitalizaciones, que tensan las urgencias y las UCI, además de estrés, alteraciones del sueño, etc. 

Podemos argumentar que sí, pero estos problemas afectan solo a unas cuantas personas. Están hablando de generar riqueza, empleos por miles. ¿Qué pueden importar la salud de unos cuantos vecinos? Son poco más de 80.000 frente a los millones que vendrán, o pasarán en una interconexión, por Barcelona. El interés general se impone. 

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De nuevo, una reciente investigación llevada a cabo en la UAB (Grendy Santiago Huacón Cabrera y Jordi Perdiguero García, 2020) muestra de una manera muy precisa, basado en las estaciones de control del aire instalados en el área metropolitana, que la actividad del aeropuerto (entre 10.000 y 13.000 aterrizajes y despegues diarios) afecta a la ciudad de Barcelona, situada a 12,3 km de distancia (comparado con los 22km de ciudades como Roma o París), incrementando de manera significativa los niveles de los principales contaminantes (NOx, O3 y SO2) del aire de la ciudad de Barcelona. 

Pero es que además, de estos argumentos locales y específicos, hay otros argumentos de carácter global, relacionados con el bienestar planetario. La obsesión por el PIB, que diría el premio Nobel de economía Josep Stiglitz, debe tener un límite. Los objetivos de desarrollo sostenible, la agenda 2031, deben estar presentes en la decisión política. Cuando aún no hemos salido de la pandemia más grave vivida en los últimos 100 años, algo deberíamos haber aprendido para a hacer compatible la economía y la salud.