Turismo

Verano de contradicciones

No podremos seleccionar ni la cifra, ni la calidad de nuestros turistas. Lo que se acaba buscando es la cifra más alta

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Un grupo de turistas norteamericanos en la Sagrada Familia.

Un grupo de turistas norteamericanos en la Sagrada Familia. / Ferran Nadeu

Uno de los debates de Barcelona que me genera más contradicciones es el del turismo. Siempre ha sido así, pero ahora que podríamos volver a tener un verano más parecido al del 2019 que al del 2020, y después de todo lo que ha pasado, estas contradicciones se acentúan. La realidad nos ha puesto frente al espejo. Ahora sabemos lo que queremos, o mejor dicho, lo que no queremos, y esto es lo mas difícil de aplicar.

El del 2020 fue el verano de la gratitud. Estuvimos encerrados y agradecimos profundamente pasear por la Rambla vacía, redescubrir la ciudad, bañarnos en la Barceloneta y veranear a una hora de casa. Y este verano, el de 2021, puede ser el de las contradicciones. Sabemos cómo es vivir en una ciudad sin visitantes, una Barcelona para nosotros solos. La hemos disfrutado pero también la hemos sufrido, también sabemos las consecuencias que esto conlleva. Ver los hoteles y muchos negocios cerrados impacta más, porque ponemos cara a les víctimas que ha provocado esta frenada en seco.

Estos días también tienen contradicciones los vecinos de la Barceloneta. Están sufriendo los botellones multitudinarios que se hacen desde que desapareció el toque de queda. Gente celebrando como si no hubiera un mañana. Gritan, no respetan las distancias, no se ponen la mascarilla y ensucian. Los vecinos están hartos. Hasta el momento, los autores de estos comportamientos siempre eran turistas, ahora los que les obligan a pasar la noche en vela no hablan un idioma extranjero. Son turistas, pero de otros barrios, que bajan a la playa a divertirse.

¿Aprovechamos el momento para diversificar la economía? ¿O lo dejamos para más adelante y trabajamos para atraer el máximo de turistas? Este es el gran dilema.

Contradictoria también puede ser la campaña “Barcelona como nunca antes”, que acaba de presentar Turismo de Barcelona con el aval del Ayuntamiento. Desde hace seis años que no se hacía una así, para atraer turistas, porqué no queríamos más. El vídeo muestra las mejores fotos de una ciudad vacía. Se ve una única compradora en Paseo de Gràcia, un único bañista en la playa y un único cliente en un restaurante, donde le sirven una cuidada tapa. La campaña muestra lo que nos gustaría -que viniera un único turista- pero la realidad es que se hace para que vengan muchos más.

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Y también parece que tengan contradicciones y dudas, gobierno y oposición municipal. ¿Seguir igual o cambiar las cosas?, ¿Reactivar o reinventar? Durante la pandemia, hemos tenido tiempo para reflexionar e intentar contestarnos esta pregunta: ¿aprovechamos el momento para diversificar la economía? ¿O lo dejamos para más adelante y trabajamos para atraer el máximo de turistas? Este es el gran dilema. Pero ni los más convencidos de diversificar saben cómo ponerse a ello, ni saben qué decir al trabajador que vive del turismo, que no está preparado para hacer nada más y que sueña con los veranos de antes. Los discursos lo aguantan todo, pero la realidad no. Si la pandemia ha sido difícil de gestionar, lo que viene ahora lo será más. Los que expliquen abiertamente que quieren volver al punto de partida lo tienen mucho más fácil. Quieren la antigua normalidad, aunque sea imperfecta.

Y desengañémonos, no podremos seleccionar ni la cifra, ni la calidad de nuestros turistas. No podemos hacer el casting soñado para escoger el visitante modélico, el del anuncio de la campaña publicitaria, el que gaste en lo que nosotros queremos, que valore la cultura, que sea cívico, que no moleste y que visite el centro, pero también la periferia, para no provocar aglomeraciones. Al final, lo que se acaba buscando es la cifra más alta, la que demuestre que la recuperación va mas rápida de lo que esperábamos. Nos acabaremos fijando en el número de camas ocupadas y no en las virtudes de nuestros visitantes, y especialmente esta temporada. No se despreciará a nadie. Todo el mundo será bienvenido. Cívicos e incívicos. Hay necesidad. Quizás por eso, incluso los que confesamos que en algún momento hemos sufrido un ataque de turismofobia, ahora respiramos un poco mas aliviados, viendo los primeros turistas paseando por la Rambla -¡Ya están aquí!- decimos- y pensamos que si ellos vuelven es porque todo empieza a mejorar. Y quién sabe si nosotros, este verano, también podemos hacer el turista –otra contradicción- e ir a otro pueblo o ciudad a descansar y a divertirnos un poco, que en el fondo es lo que más necesitamos.