Conciencia ecológica

Más humanos, más animales

Me gusta pensar que la tregua que tuvimos que conceder al medioambiente durante el confinamiento más duro también nos la dimos a nosotros mismos

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Un pato se pasea por una calle de Cullera (Valencia), durante el confinamiento, en marzo de 2020.

Un pato se pasea por una calle de Cullera (Valencia), durante el confinamiento, en marzo de 2020. / Miguel Lorenzo

Mientras contamos los días para que terminen el estado de alarma y el toque de queda, y las calles vuelvan a ser siempre nuestras —de nosotros los humanos, quiero decir—, me acuerdo de que hace un año, en el confinamiento más duro, estábamos asombrados de ver que los animales se habían adueñado del mundo. Todavía conservo algunos vídeos que corrían por las redes sociales. Una foca que se paseaba por el río Urumea en Donostia; los jabalís que bajaban por la calle de Balmes, en Barcelona; la manada de monos que conquistaban el centro de Bangkok en busca de comida; un rebaño de ciervos trotando entre casas adosadas de un suburbio de Maryland, en Estados Unidos. Cuando salíamos a comprar a hurtadillas, como si hiciéramos algo prohibido, descubríamos que las cotorras de Barcelona volaban muy bajo, sin miedo de los coches, y de la noche a la mañana los parques públicos cerrados se convirtieron en reservas naturales.

Ahora aquellas semanas parecen remotas y anecdóticas, pero me gusta pensar que la tregua que tuvimos que conceder a los animales, gracias a nuestro silencio y quietud, también nos la dimos a nosotros mismos. A veces incluso parece que hemos aprendido algo. Como si las aguas cristalinas de los canales de Venecia, con sus peces nadando, fueran una bola de cristal donde se nos revelaba un futuro sin emergencias climáticas. Puede que sea una vana ilusión, solo hay que ver la prisa que tenemos para volver a consumir como antes, y sin embargo es como si hubiéramos acortado alguna distancia con los animales. Es una fascinación que está presente, como decía, en las redes sociales: esos vídeos de perros y gatos, loros y patitos, tortugas y pandas... Nos gusta humanizarlos, dotarlos de sentimientos nuestros.

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Durante muchos años, cuando queríamos parecer cultos y comprometidos con el medioambiente, decíamos que veíamos los documentales de La 2. La verdad es que los siguen emitiendo cada día, y también allí la aproximación a la naturaleza ha cambiado: técnicamente, con más medios para acercarse a las bestias, y en el punto de vista. La crueldad salvaje ya no nos causa tanto efecto —nuestra selva cotidiana nos ha curado de espantos— y ahora cuentan más las historias de proximidad y con un punto crepuscular, de paraíso que nos estamos dejando perder.

En este sentido es modélica la película que hace unos días ganó el Oscar al mejor documental, ‘Lo que el pulpo me enseñó’, que se puede ver actualmente en Netflix. Durante un año, un director de documentales de Sudáfrica visita cada día un pulpo en su hábitat, filma sus encuentros y nos relata en primera persona su particular conexión. A veces parece una historia de amor. No hay besos, o sí, pero sobre todo hay un aprendizaje de las emociones, un reconocimiento mutuo. Sabemos que los pulpos son animales inteligentes, con estrategias de defensa muy ingeniosas, y la película nos lo muestra de una manera natural, nada invasiva, sin abandonar la mirada científica. Más que una historia de amor es como si el documentalista en crisis hiciera cada día terapia con el pulpo —y le funciona—.