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La soledad del equidistante

La campaña empezó hablando de la candidatura de Salvador Illa y acaba hablando de la PCR y la mascarilla de Salvador Illa. Entre medio, un papel firmado con aspecto de acta de reunión de vecinos (hay quien añora los tiempos en que asuntos de este calado se dirimían con pompa y formalidad ante notario) compromete a los partidos independentistas a no pactar con el PSC, una obligación que potencialmente solo ata a una formación (ERC) y que convierte el voto a un partido independentista en un voto a todo el bloque. En términos políticos, Illa ha centrado la conversación de la campaña electoral. En términos ciudadanos, la votación en plena pandemia (el miedo, los recelos, las mesas electorales…) es imbatible como principal tema de discusión. No se ha hablado mucho de política y de gobierno. ¿La gestión de la pandemia? ¿La crisis económica? ¿La social? ¿La educación o la sanidad? ¿La fiscalidad? Parte de paisaje. Atrezzo para las tres preguntas que cuentan (y no necesariamente por este orden): ¿Será capaz Illa de ganar como Inés Arrimadas en el 2017? ¿Quién vencerá en el bloque independentista, JxCat o ERC? ¿El independentismo mantendrá la mayoría parlamentaria?

“Pep tiene su sueño (la república catalana independiente) –escribe el lector Jordi Querol, de Barcelona, en referencia a un amigo suyo— insertado en su corazón con mucha fuerza; cree en él por encima de todas las cosas de este mundo. Su fe es tan inconmovible que mis datos y la fuerza de los hechos nunca lo convencerán”. El amigo del lector no es un caso único. Una parte importante de de los electores votan en términos de la política de bloques que marca la política catalana desde hace una década.

Tendencia en otros países

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El voto basado en emociones y la existencia de bloques inamovibles no es una exclusiva de la sociedad catalana. Los ‘nosotros’ y los ‘ellos’ homogéneos, puros, son una constante de la conversación ´política en las democracias occidentales desde hace años. Cambian los ejes alrededor de donde se agrupan los bloques, pero la dicotomía se repite. En la sociedad española, por ejemplo, el ‘nosotros’ y el ‘ellos’ se agrupan alrededor del eje ideológico. Izquierda y derecha no se dan ni agua, y el centro ha pasado a ser el lugar en el que todo el mundo quería estar a ser un espacio en el que solo moran los tibios, los sospechosos, los equidistantes. En las redes, las burbujas (emocionales, políticas, informativas, sociales) se organizan y se autogestionan, inmunes a lo que sucede a su alrededor. El multiverso ya no es solo un producto de la imaginación de Stan Lee.

En Catalunya sucede lo mismo, pero el eje vertebrador es la bandera y no la ideología. Eso explica el papelito por el que ERC firma su renuncia a presidir la Generalitat con un eje ideológico o casos como el imprescindible apoyo de Manuel Valls a la reelección de Ada Colau.  Sin verbalizarlo así, el ‘efecto Illa’ se presentaba como el regreso del constructor de puentes, el punto medio entre unos y otros, el candidato capaz de pactar con algunos de su bloque y del otro. En otras circunstancias, y dado que sin duda Illa ha sido el principal tema de conversación de la campaña, podría afirmarse que tiene serias posibilidades de llevarse al gato al agua, normalmente quien monopoliza el tema de conversación tiene mucho ganado. Pero estas no son circunstancias normales, y en Catalunya, en el centro hace mucho frío y a los que llaman con desprecio equidistantes les ponen mascarilla, cuando no un bozal.