Elecciones catalanas

Atracción fatal independentista

Esquerra enfrenta un doble temor ante el 14-F: atrapada por Puigdemont o superada por Illa. Susto o muerte

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Salvador Illa, durante el Comité Federal del PSOE celebrado en Barcelona.

Salvador Illa, durante el Comité Federal del PSOE celebrado en Barcelona. / PSC (PSC)

La bolita ha dejado de ir de un cubilete a otro. ¿Dónde está la bolita? Anclada al 14-F. Ese día, después del enésimo vodevil político digno de olvido o de memoria o de escándalo o de chirigota, los catalanes irán a las urnas. 

Las encuestas prefiguran un escenario tan incierto, tan reñido, que los cuarteles generales de los partidos no pueden disimular el nerviosismo. Se impone un tacticismo extremo. Que si el efecto Illa se infla o se desinfla, que si los de Puigdemont se acercan o se separan de los de Aragonès... Que si para el interés de cada cual es mejor votar el 14 de febrero o el 14 de marzo o el 30 de mayo…, o ya por Navidad.

El burladero electoral de la pandemia es efectivo en el plano emocional, sin duda: votar contagia, ergo, votar mata. Pero no deja de ser un burladero, igual que el  victimismo de ocasión sobre un 155 inexistente. El pretexto de la pandemia es un artificio quebradizo y, sobre todo, peligroso democráticamente. La política ha desvelado de nuevo sus incapacidades y la justicia ha terciado para salvaguardar el derecho nuclear de la ciudadanía en una democracia: el voto.

Las encuestas generan incertidumbre y ansiedad, pero señalan caminos. Los sondeos conocidos apuntancuatro datos básicos. Uno, el efecto Illa dispara las expectativas del PSC. Dos, ERC no logra despegarse de forma clara de Junts. Tres, el bloque independentista, dividido hasta la ojeriza, puede revalidar la mayoría en el Parlament. Y cuatro, ERC podría ensayar una mayoría alternativa en alianza con los ‘comuns’ y con el apoyo exterior de los socialistas.

Dilema angustioso

Los cálculos de los analistas de los partidos se actualizan sin descanso, frenéticamente. Es casi una paranoia. Junts va recortando distacias con ERC y quería demorar la cita con las urnas. Lógico. Esquerra quería elecciones cuanto antes hasta que irrumpió Illa. La crecida del PSC puso a los republicanos ante un dilema angustioso: atrapados por Puigdemont o superados por Illa. Susto o muerte.

En ese punto empezó a bailar en ERC la bolita de la fecha electoral. ¿Qué era mejor, aplazar las elecciones para adormecer la sorpresa socialista o votar ya para evitar que Illa pudiera capitalizar el progreso de la vacunación y la previsible remisión de la pandemia? La discusión no fue sencilla.

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Todo eso ya quedó atrás. Las urnas se abrirán el 14-F y brindarán los cuatro escenarios citados. Si Illa gana, aunque los independentistas sumen la mayoría, no hará dejación de funciones como Arrimadas en el 2017. Intentará formar gobierno. El Parlament podrá tumbarlo, pero él hará valer su alternativa, no la sacrificará gratuitamente. El segundo asalto puede llegar más temprano que tarde.

Si ERC gana su pulso con Junts tendrá dos opciones. Revalidar la coalición independentista o girar la vista a la izquierda. A los republicanos les tienta esta última opción, pero admiten que no se atreverán ni siquiera a planteársela si la victoria sobre Junts no es concluyente. Hay aquí un temor ancestral al estigma de la tibieza patriótica. La atracción fatal del independentismo.