Análisis

Juegos diferentes

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Una persona pasa delante del logotipo de Tokio 2020

Una persona pasa delante del logotipo de Tokio 2020 / Kimimasa Mayama/ Efe

Nadie están en condiciones de hacer un pronóstico sobre los Juegos de Tokio y afirmar, al cien por cien, que acaben celebrándose este verano como está previsto. Los vaivenes de la pandemia obligan a adaptarse día a día y el deporte no escapa a esa inquietante realidad, aunque la situación nada tenga que ver con la de marzo del 2020, empezando por las vacunas.

Pero hay algunas certezas que van tomando cuerpo. El gobierno japonés está firmemente decidido a llevar adelante la organización. Su primer ministro Yoshiside Suga expresó ante el parlamento japonés la voluntad de un país donde las cifras de la pandemia (350.000 casos y 4.800 fallecidos desde el inicio) están lejos de las que mantienen en jaque a Europa.

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El COI mantiene su hoja de ruta sin atender a planes B, asesorado por los expertos médicos de la OMS. Y quizás la evidencia más reconfortante de todas es que el deporte ya ha demostrado su fuerza para superar la adversidad. La Champions, la NBA, las grandes pruebas ciclistas, los Mundiales de motos y F1 o los Grand Slam de tenis son algunos de los muchos ejemplos de competiciones resueltas con éxito este último año sin poner peligro la salud de los deportistas, lo que debe ser prioritario.

Los Juegos serán muy diferentes a lo que conocemos si acaban haciéndose realidad. Referentes del olimpismo como Dick Pound o Pere Miró han apuntado algunas de las claves, como la posible ausencia de público, en una suerte de espectáculo solo para televisión. Pero no es solo una cuestión económica para frenar el duro golpe (en torno a 7.000 millones de euros) que supondría cancelarlos. Tokio-2020 es la meta para cerca de 16.000 deportistas (entre olímpicos y paralímpicos) que han trabajado muy duro estos últimos cuatro años para tocar sus sueños. Solo por eso el COI debería perseverar.