Toque de queda

90 días sin noches

Si una rutina necesita unos 50 días para instaurarse, vamos a perder el pulso nocturno de la ciudad después del largo invierno del toque de queda si no se prepara un sólido plan de renovación del ocio nocturno.

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Un camarero tras la barra del restaurante ya cerrado por el toque de queda

Un camarero tras la barra del restaurante ya cerrado por el toque de queda / Nacho Doce/ Reuters

Alcanzamos ya los tres meses de toque de queda y la noche ha dejado de confundir, si confunde algo. Puertas adentro en las casas se resguarda la vida, más rutinaria, más encapsulada. Jaulas de cristal para evitar la propagación del virus, es lo que toca y está bien que así sea. La noche desapareció como la teníamos concebida: cuesta creer que hace apenas dos años, cuando Barcelona se chequeaba en la precampaña electoral de las municipales con propuestas variadas para adaptar las políticas al pulso real de la ciudad, la figura del alcalde de noche fuera una de las iniciativas estrella de la contienda. Ernest Maragall, entonces favorito, la llevaba en su programa como una forma de dar solución a uno de los problemas más acuciantes de Barcelona, la noche, la inseguridad, la delincuencia y las molestias vecinales. Era una salida acorde con el debate del momento, y una alternativa a la cruzada de Colau contra el ocio nocturno en la fachada marítima: su tolerancia cero a la noche la llevó a prometer el cierre de los locales que daban empleo a más de 1.500 personas. Otras ciudades experimentaban hacía tiempo con figuras similares, concejales y altos cargos dedicados a mediar en la compleja realidad que desencadena la actividad nocturna. 

No tuvimos alcalde de noche, y hoy la pandemia nos ha igualado con aquellas capitales pioneras hasta en eso. La noche ya no se confunde, se ha borrado, no existe. Cualquiera diría que la noche es territorio del virus, que merodea por las calles vacías a la busca de víctimas solitarias como un Jack el destripador o como esos miedos indescriptibles en películas con monstruos que solo abandonan sus guaridas cuando oscurece. La Barcelona que entonces soñaba con un cambio, una mejora, veía en los turistas un problema gigante, en la gentrificación de los barrios, en el exceso de consumo, de ocio, una amenaza a la forma de vida de los barrios.

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Ten cuidado con lo que desees, que puede cumplirse, reza la maldición en forma de frase célebre de Oscar Wilde. No queríamos ruido en las calles, ni locales y terrazas abiertas hasta las tantas, ni tanto turista en nuestros monumentos, en nuestras plazas, en nuestras tiendas. El Ayuntamiento ha podido sacar adelante el envite centrando su energía en rentabilizar aquello que las circunstancias excepcionales pueden ayudar a empujar sus estrategias: la pacificación de las calles, la adaptación de los entornos escolares, la ampliación de las zonas verdes y carriles bici. También lanza un proyecto para revitalizar el turismo cultural cuando la situación se normalice,  y prevé adaptar a la nueva realidad su nombramiento como capital mundial de la alimentación sostenible este 2021. Comer sano nunca había estado tan en boga.

Pero la noche de Barcelona, ¿qué? ¿Superará la ciudad este desafío?. Si una rutina necesita unos 50 días para instaurarse, vamos a perder el pulso nocturno de la ciudad después del largo invierno del toque de queda si no se prepara un sólido plan de renovación del ocio nocturno.