Alianzas políticas

Lo que dura un amor

El divorcio del Gobierno no deja de ser una quimera que algunos pretenden: no hay más que ver lo mucho que se pelean el PSOE y Unidas Podemos, garantía para el éxito de los matrimonios

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El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias.

El vicepresidente segundo, Pablo Iglesias. / EFE

El otro día expulsaron a Messi, señal de que el Barça no se encuentra y de que el dinero no da la felicidad. En teoría, las cosas se arreglarán cuando sean las elecciones, las del Barça, cuya campaña ha ido a coincidir con las otras, las del Parlament, en un fenómeno inquietante y, a la vez, sincero. Está bien que alguien lo diga de una vez, aunque haya tenido que ser el calendario, para que todo el mundo aprecie cuánto se parecen las campañas políticas a las futbolísticas. Al cabo, lo que ha hecho el PSC con Salvador Illa es lo que hizo Joan Laporta frente al Bernabéu: desplegar la pancarta pero sin pancarta.

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Las campañas son ya otra cosa y en vez de las viejas promesas ahora ofrecen emociones e identidad. Es la manera en que los candidatos se complican menos, porque todo se vuelve básico y elemental, por mucho que acaben arriesgando más: no es lo mismo defraudar al votante porque no le has asfaltado una carretera que por no haberle dado una república. O, peor aún, una Champions.

En cualquier parte

Hace tiempo que la política dejó de explicarse en los discursos. A la política hay que ir a verla en cualquier parte. Por supuesto en un partido de fútbol, un temporal de nieve o un mapa del tiempo. La política se la encuentra uno en frases sueltas que, de tan destacadas, llegan a los periódicos. Esta semana, la portadilla del ‘ABC’ llevaba esta, por poner una: “Nos peleamos por tonterías y vivir así es agotador”. Podría referirse al estado del Gobierno de coalición –de cualquiera de los gobiernos de coalición– pero resultó ser de Bertín Osborne para hablar del divorcio. El suyo. El otro, el del Gobierno, no deja de ser una quimera que algunos pretenden: no hay más que ver lo mucho que se pelean el PSOE y Unidas Podemos, como si hubiera garantías mejores para el éxito de los matrimonios. Están unidos por la necesidad y ya no quedan amores así.

La última disputa entre los socios fue por Carles Puigdemont, al que Pablo Iglesias comparó con los exiliados del franquismo en una analogía que hubiera ofendido al propio Pablo Iglesias. Cuando en vez de a corregir salieron a explicarnos lo que significa el verbo comparar –“comparar no es equiparar”, se esforzaba en decir la portavoz Isa Serra–, Podemos echó a rodar sin remedio una pregunta que no contestarán las encuestas: ¿quién es ahora Pablo Iglesias? Le acompañaba, en realidad, otra pregunta en paralelo: ¿quiénes son los demás? ¿Quiénes son esos que quitan las placas de Largo Caballero y de Negrín, que claman contra el agotamiento que les produce la memoria histórica y en cambio se han puesto ahora a glosarnos las persecuciones del franquismo que no condenaron? Han sido días de aprender mucho: de lengua y de historia. 

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La política española, en fin, hay que ir a buscarla a cualquier parte, sean los Emiratos Árabes o Andorra –si interesa el asunto de los impuestos y las declaraciones–; sea Bruselas, donde más saben de nuestras reformas económicas y laborales; sea Italia, cuya cercanía recuerda la diferencia entre coaliciones frágiles y coaliciones, de momento, duraderas. A Giuseppe Conte los Matteos (Salvini y Renzi) le han hecho pasar por unos aprietos por los que los Pablos (Iglesias y Casado) no han hecho pasar nunca a Pedro Sánchez. También es verdad que Conte no ha publicado un libro que se titulase ‘Manual de resistencia’, que es algo que Susana Díaz, por lo que sea, no se quita de la cabeza. Eso sí que son divorcios serios y admirables, de los que tampoco quedan: los que se dan entre compañeros del mismo partido y que un día de hace mucho se quisieron tanto.