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Protestas de mujeres en latinoamérica.

Protestas de mujeres en latinoamérica. / EFE

Joshua Mateo perdió a su madre hace cuatro años. Su padre la asesinó y después se quitó la vida. Huérfano de madre y padre, Joshua asumió la custodia de su hermano pequeño y se reconstruyó en la defensa de la igualdad. Escuchar a Joshua Mateo provoca que se te humedezcan los ojos y se te encoja el corazón. La reivindicación de la memoria de su madre, Sesé Mateo, es constante y permanente en su discurso. Él es uno de los 817 huérfanos por violencia de género. Huérfanos de las 1.074 mujeres asesinadas desde el 2003 a manos de sus parejas o ex parejas. Junto a ellas, 37 menores han perdido la vida, desde el 2013, víctimas de la violencia vicaria. Violencia ejercida por sus padres contra ellos con el único objetivo de dañar a sus madres. Hombres violentos, hombres machistas, hombres salvajes, que destruyen todo lo que tienen a su alrededor porque creen que todos y todas les pertenecen.

Hombres creados a imagen y semejanza del sistema patriarcal que oprime a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. Un sistema que utiliza la violencia como forma de continuar con la sumisión de nosotras, las mujeres. Desde pequeñas sabemos que, la hayamos sufrido de manera directa o indirecta, todas y cada una de nosotras somos víctimas potenciales de la violencia machista. No lo decimos nosotras, las feministas. Lo evidencian las cifras. La Macroencuesta de Violencia contra la Mujer, realizada en el 2019 cuando Carmen Calvo lideraba las políticas de igualdad desde la Vicepresidencia del Gobierno, muestra que una de cada dos mujeres ha sufrido violencia por el simple hecho de ser mujer a lo largo de su vida. Una de cada tres lo ha hecho a manos de sus parejas o sus ex parejas. Y a pesar de que el sistema las anima a denunciar, lo hacen el 32%, y solo si han sufrido violencia física y/o sexual. El resto se resiste. Persisten en la idea, también patriarcal, de que las mujeres debemos aguantar, que la podemos soportar. Lamentablemente no es verdad. Las cifras no engañan. Tampoco lo hace el dolor y el sufrimiento acumulado día tras día, noche tras noche, por decenas, por cientos, por miles de mujeres en España.

Por eso es tan importante que los poderes públicos se comprometan de manera firme y contundente en la lucha contra la violencia machista. España ya ha iniciado el camino hacia la igualdad efectiva entre mujeres y hombres. Ahora es necesario que lo inicie también Catalunya. Catalunya necesita un cambio. Un cambio que acabe con los recortes sistemáticos que el independentismo ha hecho a las políticas de igualdad. Resulta alarmante que Catalunya sea la comunidad autónoma que menos órdenes de protección aprueba, que nueve de cada 10 mujeres queden fuera de la red de atención, que las listas de espera lleguen a los seis meses en los Servicios de Información Especializada, donde 59 profesionales deben atender a todas las catalanas víctimas de violencia machista y a sus hijos e hijas. Catalunya necesita un cambio. Un cambio que sitúe en el centro de la agenda política a las mujeres. Un cambio que proteja a las mujeres de la violencia estructural que sufrimos por el mero hecho de ser mujeres. ¡Un cambio de Govern para una Catalunya feminista!

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