ANÁLISIS

Ojalá sea cierto

Casado pareció sincero, como si llevara tiempo queriendo reivindicar un PP centrista, reformista, respetuoso de la diversidad

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El presidente del PP, Pablo Casado, en la tribuna del Congreso

El presidente del PP, Pablo Casado, en la tribuna del Congreso / E. PARRA (EUROPA PRESS)

Para saber si a Pablo Casado la moción de censura le ha servido para consolidarse como el líder moderado que necesita la derecha española habrá que esperar a ver si su brillante discurso contra Vox y contra Santiago Abascal tiene continuidad en el tiempo o si solo fue un ardid para salir de la trampa que le tendieron los ultraderechistas. Porque la moción se presentó como una iniciativa contra Pedro Sánchez, pero realmente iba dirigida contra el PP a quien, como recordó Casado, Vox pretende suplantar. Así que el papel más difícil del larguísimo debate parlamentario le tocaba al presidente popular y en él estaban puestas todas las miradas. No se puede decir que también estuvieran puestas todas las esperanzas. De ahí que sorprendiera tanto el modo tajante con que Casado le espetó a Abascal un “hasta aquí hemos llegado”, con el que rompió en pedazos la foto de Colón.

El líder popular pareció sincero, como si llevara tiempo queriendo reivindicar un PP centrista, reformista, respetuoso de la diversidad y partidario de la reconciliación y la concordia y que se alejara de las garras del radicalismo reaccionario, la intransigencia y “la España grande y libre” de Vox, (el entrecomillado es del propio Casado). Pero han sido dos años de hacerle el juego a la extrema derecha, de asumir como propio su discurso, de secundar sus iniciativas, o de dar bandazos de un lado a otro sin acabar de consolidarse como una oposición fiable, y ahora no resulta tan sencillo confiar en el giro de este Casado renacido que vapulea a Abascal con ese “nosotros no somos como usted”. Ojalá sea cierto.

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Hasta ahora, al PP le había dado miedo romper con Vox, porque el partido ultra es una escisión de sus propias filas y se nutre de electores que anteriormente han votado a los populares. Apartarse de los de Abascal podía truncar sus esperanzas de reunificar la derecha o al menos de recuperar a esos casi cuatro millones de votantes que les han abandonado para votar a los más intransigentes con el pluralismo político, la complejidad territorial y la diversidad social, sexual y racial. Tampoco les ayudaba el hecho de que los gobiernos de Madrid —Comunidad y Ayuntamiento—, Andalucía y Murcia se sostengan con los votos de Vox. Y así se lo recordó Abascal.

Casado se ha atrevido a romper ahora, cuando se sintió acorralado por Vox en su pelea por la hegemonía de la derecha. De momento, le ha salido bien. Le ha servido para que Abascal se sintiera tan descolocado por la dureza de sus argumentos que no supiera ni cómo responder. Le valió para alzarse con la victoria del debate con su no a la “España a garrotazos en blanco y negro, de trincheras, ira y miedo” que, a su juicio, defiende Vox. No es poco, porque le consolida como líder de la oposición. Por eso, ha llegado el momento de la verdad para Casado, que tiene que demostrar que el suyo es un partido centrado y homologado a la derecha europea, que hace una oposición constructiva y cuyo referente son los sensatos presidentes autonómicos de Galicia, Andalucía y Castilla y León y no Isabel Díaz Ayuso.