Vecina de Gràcia

La fatiga en el barrio

Incluso quienes más obedientemente siguen las recomendaciones públicas empiezan a acusar un cansancio

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Tiendas cerradas en el centro de Gràcia, Barcelona, en marzo.

Tiendas cerradas en el centro de Gràcia, Barcelona, en marzo. / ELISENDA PONS

Pleno otoño y el virus no desaparece. Sigue muy presente en nuestras vidas afectando cada pequeño gesto. Al desconcierto inicial le siguió una obediencia cívica muy activa, como respuesta a las apabullantes cifras de personas que fallecían. Llegó después el verano y las ciudades se vaciaron en una mezcla de suspiro y melancolía. Repartidos por todo el territorio como un gran tablero con distancias de seguridad, las poblaciones pequeñas se sorprendían de las aglomeraciones y en las grandes, en los barrios y zonas que otros años habrían sido inundadas de turistas de veraneo, se quejaban de lo contrario, de la falta de visitantes. Así, sin darnos cuenta, llegó septiembre y con él, la vuelta al colegio. ¿Y ahora qué?

Ahora llega la fatiga pandémica. Este concepto que usan los expertos define la sensación y ánimo que observo a mi alrededor. Incluso quienes más obedientemente siguen las recomendaciones públicas empiezan a acusar un cansancio, un aburrimiento, una fatiga de tener que estar en alerta constante. Hemos integrado nuevas rutinas antivirus, sí, pero no sin costes de muchos tipos. 

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Las plazas siguen siendo los puntos neurálgicos de Gràcia donde seguro encontrarás vida. Incluso ahora, con los bares y terrazas cerrados, sigue habiendo gente comiendo en los bancos, bebiendo en el suelo o raspando una guitarra en las escaleras. También acusan fatiga los comercios y negocios que, a pesar de poner todo el esfuerzo, han visto como no volvían a tener el mismo número de clientes de antes de marzo y, si los tienen, no les pueden dejar entrar a la vez.

Cansancio también es lo que siente Hermínia, mi profesora de costura, quien a sus 83 años nos pide que sigamos con la clase semanal (menos de seis y con todo abierto helándonos de frío) porque si cancelamos volverá a estar sola en casa y sin nadie con quien hablar. “Ahora los nietos te mandan wasaps, ya nadie llama”. Podemos acostumbrarnos a llevar mascarilla, pero tenemos que desacostumbrarnos a no quedar en las plazas, a no llamar por teléfono, a no pensar en los demás.