26 oct 2020

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EN CLAVE EUROPEA

La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.

STEPHANIE LECOCQ (REUTERS)

La UE geopolítica, puesta a prueba

Eliseo Oliveras

Las crisis y los conflictos se multiplican en el entorno europeo mientras a los Veintisiete les cuesta acordar la línea a seguir

El doble rasero en la aplicación de sanciones según los países recorta la credibilidad de la política exterior común

El objetivo de convertir la Unión Europea (UE) en un actor internacional de primer orden, en lugar de una Europa que se amolda a las consecuencias de las decisiones tomadas por otras potencias, está siendo puesta a prueba. A la disputa por el control de las propias aguas de la UE en el Mediterráneo Oriental con Turquía (teórico aliado en la OTAN), se han sumando la crisis bielorrusa, la guerra del Alto Karabaj, la creciente inestabilidad en un Sahel presa del yihadismo y el agravamiento del caos político libanés, sin olvidar la guerra congelada en Ucrania, ni la desestabilizadora guerra civil libia. A esto hay que añadir la asignatura pendiente de aplicar una estrategia coherente y compartida por los Veintisiete hacia Rusia China, socios comerciales clave y al mismo tiempo potencias rivales.

La credibilidad europea se ve comprometida por su doble rasero en sanciones, que se aplican a Bielorrusia, pero no a Turquía, pese a la represión masiva de su régimen autoritario y a que no duda en intimidar militarmente a miembros de la UE (Grecia y Chipre). La UE, por ejemplo, también se muestra acomodaticia ante la sistemática detención, tortura y ejecución de disidentes en Arabia Saudí.

Tras laboriosas negociaciones, los Veintisiete lograron la unanimidad requerida para aprobar el 2 de octubre sanciones diplomáticas (prohibición de entrada y congelación de eventuales bienes en la UE) a 40 altos cargos de Bielorrusia por el fraude en las elecciones presidenciales del 9 de agosto y la represión de los manifestantes y la oposición. El presidente Alexandr Lukashenko quedó excluido para mantener un canal abierto de diálogo y la posibilidad de reforzar las sanciones en el futuro.

Sin resultados

La UE lleva aplicando este tipo de sanciones a Bielorrusia durante dos décadas sin ningún resultado y las levanta tras unos gestos mínimos de Lukashenko hacia la UE (2008, 2015). Las sanciones, además, nunca han ido acompañadas de un significativo apoyo práctico a la sociedad civil que se movilizaba. Las sanciones económicas son inviables, porque la experiencia en otros casos ha demostrado que castigan a la población, en lugar de a los dirigentes políticos. Dada la posición estratégica del país entre la OTAN y Rusia, el think tank International Crisis Group advertía de que la superación de la crisis bielorrusa requiere la cooperación de la UE y Rusia sin intentar alterar el equilibrio geoestratégico.

La UE se ha visto embarazada esta semana por sus incoherencias respecto a Bielorrusia al revelarse que había comprado 15 drones sofisticados de vigilancia para las autoridades bielorrusa por 850.000 euros y que entregó los aparatos el 16 de septiembre, en medio de la represión.

Alemania Francia propondrán el 12 de octubre al resto de la UE aplicar el mismo tipo de sanciones diplomáticas a nueve miembros de la Administración presidencial y de la seguridad rusa por el envenenamiento del opositor Alekséi Navalni con el neurotóxico Novichok. Francia asegura que eso no altera su plan de reactivar el diálogo político con Moscú, pero parece irrealista.

Firmeza de Moscú

Rusia, que ve multiplicarse la desestabilización de su entorno próximo (Bielorrusia, Cáucaso, Kirguistán), responderá con firmeza para no aparentar debilidad. La inclusión por Moscú de la líder opositora bielorrusa Svetlana Tikhanóvskaya en la lista de personas en busca y captura es una primera respuesta, al igual que la advertencia de que las sanciones dañarán las relaciones con Berlín y París. Esto convertirá en problemática la indispensable cooperación de Moscú con la UE para reconducir la crisis de Bielorrusia, resolver las guerras de Ucrania y Libia y detener la guerra en el Alto Karabaj.

En la nueva guerra en el Cáucaso, Turquía aparece como el principal pirómano, enviando yihadistas sirios a combatir contra el enclave de cristianos armenios del Alto Karabaj, suministrando armamento sofisticado a Azerbaiyán para recuperar la región perdida en la guerra de 1988-1994 e incluso interviniendo con sus propios cazas F-16. Después de que el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, pidiera a Turquía que mediara entre Armenia y Azerbaiyán, el ministro de Asuntos Exteriores turco, Mevlut Cavusoglu, criticó la búsqueda de un alto el fuego y respaldó el objetivo de Azerbaiyán de proseguir la guerra hasta recuperar todo el territorio del Alto Karabaj. La mediación de la UE pasa de momento sólo por Francia, que junto a Rusia y Estados Unidos copreside el grupo de Minsk, que puso fin a la guerra en 1994 y que busca ahora un alto el fuego.