La estrategia contra la pandemia

De silencios y griteríos

Guste más o menos, la excepcionalidad que vivimos exigiría aparcar diferencias, agrupar fuerzas y situar en el centro de la actuacion pública la lucha contra la crisis sanitaria, económica y social

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Colas para recoger comida en el Comedor Reina de la Paz de las Misioneras de la Caridad, en Barcelona, el pasado 8 de mayo.

Colas para recoger comida en el Comedor Reina de la Paz de las Misioneras de la Caridad, en Barcelona, el pasado 8 de mayo. / FERRAN NADEU

En este regreso del corto intervalo veraniego, alerten sus sentidos, cierren los ojos, concéntrense y escuchen con atención. ¿Oyen ese rumor de fondo? ¿Distinguen cambios en la atmósfera? ¿Intuyen algo inusual? ¿Se percibe un rumor distinto? Por más que uno se esfuerza, nada de anormal se aprecia. Griterío en una parte de la sociedad y silencio, mucho silencio, en otra.

Silencio, en particular, en miles de viviendas en cualquiera de los municipios de la conurbación de Barcelona o Madrid, o de los suburbios de tantas ciudades de Catalunya o de España. Allí, si tuviéramos capacidad para oír lo que se cuchichea, escucharíamos los lamentos acerca de la finalización del contrato temporal, de la dificultad para hacer frente al recibo de alquiler o de la hipoteca, o de la imposibilidad de pedir más ayuda, tras unos meses en los que ha sido inevitable demandarla. También el silencio preside hogares de bajos recursos, donde no han podido hacer frente al cierre de la escuela, porque ni hay wifi ni, por descontado, ordenadores. Y no es que no se les oiga porque sean pocos.

Falta de políticas públicas

La última Encuesta de Condiciones de Vida sitúa en el entorno de un tercio, la friolera de más de 700.000 niños catalanes, aquellos que viven en hogares pobres, familias que no pueden permitirse una semana de vacaciones al año, o, en los casos, más extremos, comer dos veces por semana carne o pescado. Y si ese tercio lo aplicáramos a España en su conjunto, estaríamos hablando de una cifra que sorprende por su magnitud: en el entorno de los cinco millones de niños de 6 a 18 años.

Igualmente, silencio cuando los que han perdido su trabajo regresan a la calle a la búsqueda, muy probablemente inútil, de un empleo, imprescindible para recuperar cierta autoestima. Nadie se girará al cruzarse con ellos, nadie oirá sus quejas, nadie se sentirá incómodo en su presencia: nada más que silencio. Todos esos silencios son, definitivamente, invisibles. Frente a ellos, uno tiende a la melancolía. En particular, porque esas miserias, hoy más acentuadas que nunca, no son un castigo de unos dioses que nos hubieren abandonado. Son el inevitable resultado de la ausencia, durante mucho tiempo, de determinadas políticas públicas. Y no solo, aunque también, de las sanitarias, educativas o de lucha contra pobreza.

Pero la sociedad es diversa y a los silencios anteriores se contraponen griteríos procedentes, fundamentalmente, de una clase política que parece inmune al drama de lo que nos ha tocado vivir, tirándose los muertos, o los contagiados, a la cabeza, intentando sacar provecho político de la situación. Ese fue el griterío de los meses de la primera ola de la pandemia, cuando el estado de alarma parecía que sintetizaba todos los males de la gobernanza. Griterío también estos días, demandando al Gobierno de Pedro Sánchez más actuaciones, cuando justamente ha cedido a las comunidades autónomas la posibilidad que decidan lo que parezca oportuno de acuerdo a su situación. Griterío desde principios de septiembre, tomando posiciones en los debates presupuestarios que se adivinan, como si la situación fiscal del país no fuera tan extraordinaria que exigiera la máxima unidad: la deuda pública española habrá pasado en un año del 95% al 120% del PIB y, dado el enorme déficit que se ha generado, nuevos aumentos los próximos años son inevitables. Griterío, en fin, ante la falta de consenso acerca de en qué condiciones debería procederse a la inminente apertura de las escuelas.

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Ese griterío político es una prueba más de hasta qué punto nuestros dirigentes yerran. En el muy corto plazo, porque afrontamos una situación excepcional, que obligaría a cerrar filas que muchos políticos consideran, simplemente, aberrantes; en el medio y largo, porque el incremento de la productividad está ausente del discurso político y, por extensión, de las preocupaciones de los que nos dirigen o de sus oponentes. Y esa mejora es la única solución solvente para mitigar catástrofes como las que estamos padeciendo.

Guste más o guste menos, la excepcionalidad que vivimos exigiría aparcar diferencias, posponer debates, agrupar fuerzas, y situar en el centro de la actuación pública la lucha contra la pandemia, la catástrofe económica que se está desplegando, la pobreza extrema que de ella se deriva y, más allá, por la salida de una crisis fiscal que se alargará más años de los que desearíamos. Pero, ya saben, como postula el refrán, cada uno habla de la fiesta según le va. Y, visto lo visto, a nuestras élites políticas, y por difícil que sea la situación, no parece que les vaya nada mal.