El horizonte económico

Un duro pero esperanzador otoño

Hay razones para creer que disponemos de mayor capacidad para aliviar los efectos sociales de la crisis y también de mejores ideas y energías sociales para reconstruir una economía más inclusiva

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Una decena de personas haciendo cola este verano en una oficina de la Seguridad Social de Barcelona. 

Una decena de personas haciendo cola este verano en una oficina de la Seguridad Social de Barcelona.  / MANU MITRU

Será un largo y duro otoño. El fracaso de la etapa turística veraniega significará cierres de negocios y pérdidas de empleo. El aumento de los rebrotes en muchos lugares del país impacta de forma dramática en muchas economías locales y regionales. Euskadi ha declarado la emergencia sanitaria. Otras comunidades pueden tener que hacerlo también. En el otoño veremos un aumento del número de quiebras de pequeñas y medianas empresas y de autónomos incapaces de hacer frente a sus obligaciones fiscales, financieras y laborales por falta absoluta de ingresos.

Los problemas no acaban ahí. Las dudas y dificultades sobre cómo reabrir las escuelas y colegios, con sus consecuencias educativas, familiares y laborales, complicarán y harán aún más duro el otoño.

Estos males no podemos atribuirlos solo a la madre naturaleza; es decir, a la pandemia del covid-19. El enorme daño que está produciendo en nuestro país se debe a que no hemos sabido poner los medios necesarios para reducir su impacto. Los gobiernos han sido incapaces de planificar y poner en marcha el sistema de identificación, rastreo y confinamiento de nuevos contagios. Por su parte, el mundo empresarial presionó de forma arriesgada para una reapertura demasiado rápida de los negocios turísticos y de ocio. Y, por nuestra parte, los ciudadanos no hemos renunciado al mundo de relaciones sociales alegres y descuidadas del mundo de ayer.

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Es muy humano creer que las cosas volverán a ser como antes cuando el mundo estable y confortable en que vivimos cambia dramáticamente de la noche a la mañana. Acostumbramos a pensar que solo se trata de un chaparrón del que hay que protegerse  momentáneamente. Nos negamos a aceptar que las cosas pueden haber cambiado de forma permanente. Ocurre así en todos los órdenes de la vida. Hasta con los acontecimientos más dramáticos, como las guerras. 

El covid-19 alteró de la noche a la mañana nuestra vida cotidiana. Pero nos hemos negado a aceptar que ese cambio pueda ser permanente o duradero. Hemos querido recuperar rápidamente la 'normalidad', abandonado apresuradamente el confinamiento del decreto de alarma. Ha habido una perversa competencia entre comunidades autónomas para no ser la última en hacerlo. La descoordinación y falta de transparencia en los datos sobre la evolución de la pandemia ha sido un motivo, como ha señalado la OMS, que ha llevado a otros países a recomendar a sus ciudadanos que no viajen a España. 

Tampoco una parte de la sociedad acaba de comprender la gravedad de la situación, negando la realidad de la pandemia y la necesidad del uso de mascarillas. Los negacionistas confunden la libertad personal con la falta de responsabilidad ante las consecuencias públicas de sus decisiones individuales. 

El nuevo clima de diálogo debería servir para construir un nuevo contrato social

Viene, por tanto, un duro y largo otoño económico, pero tengo la esperanza de que ahora dispongamos de mayor capacidad para aliviar sus efectos sociales y también de mejores ideas y energías sociales para reconstruir una economía más inclusiva. Hay varias razones para esta esperanza.  

Primera. El nuevo 'cinturón social' creado por el Gobierno de Pedro Sánchez para aliviar las consecuencias sociales de la crisis. Por un lado, los ertes, una verdadera innovación político-social. Por otro, el ingreso mínimo vital contra la pobreza severa. También el subsidio que prepara el Gobierno para los desempleados que agotaron las ayudas, y su intención de mejorar el pago a los trabajadores a tiempo parcial que sufren regulación de empleo temporal. Falta una garantía de empleo para los jóvenes, de nuevo los principales perjudicados por las crisis. Otra cosa es el retraso en la gestión de estas ayudas.

Segunda. El nuevo clima de diálogo social entre las patronales, los sindicatos y las administraciones públicas. Debería servir para construir un nuevo contrato social de la empresa, como está sucediendo en otros países.

Hay conciencia política de que la escuela y la salud son prioridades que requieren de mayores inversiones públicas

Tercera. El gran número de iniciativas que, impulsadas por el nuevo fondo 'Next Generation' de la UE, están surgiendo desde la sociedad y desde sectores profesionales y empresariales elaborando propuestas para reconstruir y renovar la economía y promover un modelo de crecimiento sostenible e inclusivo

Cuarta. La toma de conciencia política de que la escuela y la salud son prioridades básicas que requieren de mayores inversiones públicas. 

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Quinta. Las señales de cambios en los partidos que parecen propiciar una mayor colaboración política en las líneas básicas de un programa de recuperación: salud y sanidad, fondos europeos, industrias de futuro y nueva fiscalidad. 

Espero no estar confundiendo deseos con pronósticos, y que mi esperanza en nuestra mayor capacidad para afrontar un duro otoño tenga fundamentos suficientemente sólidos.