28 oct 2020

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NUESTRO MUNDO ES EL MUNDO

El rey emérito, Juan Carlos I, acude a un acto en el Palacio Nacional y Convento de Mafra (Portugal), en febrero del 2018.

AFP / PATRICIA DE MELO MOREIRA

España, mañana, ¿será republicana?

Joan Tapia

La marcha al extranjero del rey emérito oficializa el grave momento de la Monarquía constitucional

"España, mañana, será republicana", sin interrogantes, era el eslogan que se coreaba en los primeros mítines del PSOE de Felipe González tras la muerte de Franco. Antes, el líder del PCE, Santiago Carrillo, ya vaticinó aquello de "Juan Carlos, el Breve".

La historia fue otra. El pacto de la Transición se basó en que Juan Carlos era la garantía de lo que para unos debía ser un cambio sin traumas a la democracia, "de la ley a la ley", y para otros (la izquierda) la garantía de que la "ruptura pactada" no tendría posible "marcha atrás", lo que se confirmó cuando el intento de golpe de 1981. Ya desde antes la democracia española estuvo unida a la Constitución del 78 que estableció la Monarquía. La derecha de Manuel Fraga y Adolfo Suárez y la izquierda de González y Carrillo pactaron que la clave era institucionalizar un régimen democrático que abriera el camino hacia Europa.

Una ciudadanía más exigente

Aquel pacto ha funcionado razonablemente bien. Pero han pasado ya más de 40 años. Muchos ciudadanos han nacido con posterioridad y Franco y el papel de Juan Carlos de Borbón en la transición son, para muchos, agua pasada. Además, la dura crisis del 2008-2013 ha quebrado expectativas y la sociedad española se ha vuelto, para bien, más exigente con la conducta de sus dirigentes. En este proceso la fotografía de Botsuana, el juicio de Iñaki Urdangarin y otros sucesos han erosionado el prestigio de Juan Carlos y de la Monarquía. La abdicación de Juan Carlos y su sucesión por Felipe VI debían restituir la confianza.

Juan Carlos fue un motor del cambio en la Transición, pero ahora sus cuentas bancarias son un factor distorsionador

No ha sido del todo así. Hace pocas semanas ya escribí que España se enfrentaba, entre otros desafíos, a una grave crisis institucional y las últimas informaciones sobre cuentas bancarias de Juan Carlos en el extranjero -que Pedro Sánchez ha calificado de "perturbadoras"- han sido la gota que ha colmado el vaso. El alejamiento de Juan Carlos de la residencia oficial de los Reyes no era solo conveniente, sino imprescindible. De ahí el pacto entre el Gobierno y Felipe VI para la salida de Juan Carlos de la Zarzuela que debía oficializar la distancia entre la Monarquía de Felipe VI y la conducta, investigada por la fiscalía suiza y la del Supremo, del emérito.

En principio es un camino correcto, pero las fuertes críticas y el resurgir del sueño republicano son también inevitables. Es fácil querer sumar voces y votos de protesta y exigir un referéndum -otro más- sobre la Monarquía. Pero pasar de las palabras a los hechos exigiría una difícil "reforma agravada" de la Constitución (mayoría cualificada en el Congreso y el Senado, referéndum, nuevas elecciones y ratificación por las nuevas cámaras). Un proceso largo y empedrado sin ninguna garantía de mayoría republicana y una nueva división -a añadir a las ya existentes- de la ciudadanía, que no ayudaría a resolver la muy grave crisis sanitaria y económica.

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No sería un camino fácil. Pero para que esto no ocurra, la Monarquía debe recuperar la enturbiada confianza. Que Juan Carlos saliera de la Zarzuela era obligado. Que se marchara al extranjero no es lo más acertado -aunque todas las alternativas fueran difíciles- porque la sospecha de que huía de la justicia era muy probable y ya se ha producido. Que la Casa del Rey -cinco días después- no haya informado del paradero del emérito es todavía más difícil de justificar. La separación entre Felipe VI y Juan Carlos debe ser dolorosa, como ya lo fue la de Juan Carlos y su padre, Juan de Borbón, al final del franquismo. Pero la Monarquía debe ser transparente, generar confianza y ser un factor de conciliación. O simplemente no será tras un vía crucis largo y perturbador. Ya en el 2017 el famoso discurso de Felipe VI provocó un divorcio con gran parte de la sociedad catalana. El Rey debe ser un vector de unidad dentro del pluralismo de una sociedad democrática en la que conviven "nacionalidades y regiones". Y el oscurantismo es la terapia menos adecuada.

En Europa hay democracias monárquicas y republicanas pero el modelo nórdico exige transparencia y voluntad integradora

Recuperar la confianza -o el respeto- en la institución monárquica no es cuestión de viajar por diferentes comunidades -que también-, sino de explicar las cosas como son -en toda su crudeza y complejidad- a una ciudadanía que es adulta y que vive una situación sanitaria, económica y moral muy incierta. Que Felipe VI acierte -como Juan Carlos en los segundos 70- sería lo menos traumático. Pero el camino no es fácil y está lleno de obstáculos.

En Europa hay democracias con rey, como Suecia, Dinamarca y el Reino Unido, y democracias republicanas como Alemania, Francia e Italia. Pero el modelo nórdico es exigente. Exige voluntad de transparencia, capacidad de pacto e inteligencia emocional.