05 abr 2020

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Juan Carlos cede definitivamente la corona

Cinco años después de ceder la corona a su hijo, el Monarca ha anunciado que se retira totalmente de la vida pública

GEMMA ROBLES / PILAR SANTOS
MADRID

Discurso abdicación del rey Juan Carlos I.

No fue fácil el momento histórico en que Juan Carlos se puso la corona. Habían pasado 48 horas de la muerte de Franco cuando, el 22 de noviembre de 1975, fue proclamado Rey rodeado de desconfianza: la de aquellos que no lo consideraban digno de suceder al dictador al frente de la jefatura del Estado y la de una gran masa de españoles que, desesperados tras cuatro décadas de dictadura, ansiaban embriagarse de libertad y veían un obstáculo en su figura. No se amilanó Juan Carlos y siguió el que creía su camino, pilotando la transición hacia la democracia -con el recientemente fallecido Adolfo Suárez como copiloto del poder ejecutivo en los primeros años de reinado-, afianzando su imagen y propiciando su aceptación de forma mayoritaria con su actuación ante el intento de golpe de Estado del 23-F. Después llegó el paso de los años, la madurez de la institución y del hombre y una sucesión de aciertos y también de errores (algunos graves, ligados a la corrupción en la familia o los escándalos personales) que terminaron  con esa pátina casi sagrada que, durante una larguísima etapa, rodeó al Rey y a los suyos.

Estos son otros tiempos. Siglo XXI. De hecho, son tiempos convulsos en España. De crisis económica. De crisis social. De crisis política. De crisis territorial.  De advertencia en las urnas al bipartidismo, de auge de movimientos de protesta -con corazón republicano en su mayoría- y de anhelos independentistas. Nuevos tiempos. Esos tiempos en los que hace cinco años Juan Carlos decidió abdicar y tiempos en los que cinco años depsués ha anunciado que se retira definitivamente de la política.

Abrir paso a una nueva era

Tras 39 años al frente de la jefatura del Estado, el aún Rey anunció en junio del 2014 que dejaría paso a su hijo Felipe. Tampoco se podía decir entonces que el momento histórico en que el Príncipe de Asturias se puso la corona fuera fácil. En teoría podría hablarse de segunda transición. Su padre, con 76 años y salud delicada, decidió arriesgar y fiar el futuro de los Borbones y el de la institución que representan a la defensa del «diálogo» -especialmente con Catalunya, un territorio que ambos han frecuentado desde que estalló el desafío soberanista-. Al diálogo y a un cambio generacional que se le antojaba imprescindible en todas las capas del Estado. En ese sentido, Juan Carlos pensó que Felipe, el Príncipe de Asturias «más preparado», podía encabezar esa renovación y encarnar «la estabilidad, seña de identidad de la institución monárquica».

«Una nueva generación reclama con justa causa el papel protagonista, el mismo que correspondió en una coyuntura crucial de nuestra historia a la generación a la que yo pertenezco. Hoy merece pasar a la primera línea una generación más joven, con nuevas energías, decidida a emprender con determinación las transformaciones y reformas que la coyuntura está demandando y afrontar con renovada intensidad y dedicación los desafíos del mañana», enfatizó Juan Carlos, en su despedida. «Fiel al anhelo político de mi padre, el conde de Barcelona, de quien heredé el legado histórico de la monarquía española, he querido ser Rey de todos los españoles», dijo.

Cacerías y corruptelas

Pero bien sabe Juan Carlos anunció su retirada que ni siquiera su apuesta por la Monarquía parlamentaria y los métodos democráticos, o sus reconocidas dotes para la diplomacia política y económica (apenas hace unas semanas que protagonizó otra ruta por Oriente Próximo en busca de inversiones, pese a sus achaques físicos) lograron evitar que una parte de España haya seguido confesándose como republicana. Una parte de España que ha sumado en los últimos años nuevos seguidores, esto es, los más jóvenes -a los que la transición queda lejos- y aquellos que se definieron como juancarlistas y terminaron desencantados con un Rey que no dudó en irse a cazar elefantes a Botsuana acompañado por una amiga cuando la crisis golpeaba con más fuerza a los españoles (abril de 2012). O que no ha sabido gestionar con acierto el caso Nóos, un serial de corrupción protagonizado por Iñaki Urdangarin, el marido de su hija Cristina.

No puede negarse que también hubo intentos de abrir alguna ventana informativa en la Zarzuela, en pro de una transparencia que algunos grupos parlamentarios y colectivos ciudadanos llevaban demandando tiempo atrás. Ha habido algo de luz, sí. Ahora se conocen los sueldos de los monarcas, y se ha dado el visto bueno a que la Casa del Rey sea sujeto pasivo de la nueva ley que obliga a las instituciones a facilitar información a los ciudadanos que lo demanden. Pero las decisiones del Monarca y su equipo en este sentido siempre han ido a rebufo de los acontecimientos (de los escándalos) y muy por detrás del ritmo al que han ido creciendo las fuerzas políticas que arremeten sin disimulos contra la Monarquía y sus costumbres, que piden un referendo sobre su futuro o que claman por llegada de la República.

Pacto con Rubalcaba y Rajoy

Pese a todo esto y por todo esto, el Rey decidió ya en enero de ese mismo año que no tardaría en dar un paso atrás. Se lo comunicó al principal afectado, su heredero, y esperó a primavera para hacer partícipes de la noticia al presidente del Gobierno y al líder de la oposición, con los que acordó los detalles del proceso y dejar que pasaran las europeas antes de llevar el plan a la práctica. El primero en confirmar el relevo en la Zarzuela fue Mariano Rajoy, que informó a la prensa el día 2 de junio por la mañana. Mientras, el Monarca llamaba al presidente catalán, Artur Mas; el de Euskadi, Iñigo Urkullu, y la de Andalucía, Susana Díaz, además de los portavoces parlamentarios y personalidades varias. Felipe se ocupó de las Casas Reales. Rajoy reclamó que se produjera en un clima «sereno». Pero se intuía más protesta en la calle.