15 ago 2020

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Editorial

Principio de reciprocidad en la UE

El exceso de prudencia de los países del norte puede llevar a repetir errores del pasado en una crisis muy diferente a la anterior

La presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, en una conferencian de prensa en Bruselas, el pasado día16 de marzo.

La presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, en una conferencian de prensa en Bruselas, el pasado día16 de marzo. / Reuters / Johanna Geron

La última proyección de la Comisión Europea (CE) indica, como era de temer, que son las economías del sur de Europa  las que más sufrirán la crisis del covid-19. En sus previsiones de verano la CE cifra la caída del PIB español en el 2020 en un 10,9%, una cifra mayor  que el 9,4% estimado en mayo pero por debajo del 12,8% de desplome augurado por el Fondo Monetario Internacional (FMI). Las economías de los otros países del sur de la Unión Europea (UE) también tienen unas perspectivas muy preocupantes: Italia se contraerá un 11,2%, Portugal un 9,8%, y Grecia un 9%.  Resulta evidente que si bien el golpe del covid ha sido duro para toda la Unión, su factura es más onerosa en unos países que en otros.

Hasta el momento, la UE no ha encontrado la fórmula para ayudar a los países cuyas economías han sido más golpeadas. Falta poco más de una semana para la cumbre en que la que se negociará el nuevo marco financiero plurianual de la UE y el plan de recuperación de 750.000 millones, y la diferencia entre los países del norte («frugales», se les llama, ahora que austeridad parece ser una palabra que no es del agrado de muchos) y los del sur sigue siendo demasiado grande.

Si la negociación de los presupuestos siempre es complicada, y esta vez lo iba a ser más aún con la marcha del Reino Unido, la crisis del covid la ha convertido en una encrucijada crucial para los países del sur, obligados a una política de gasto público que mitigue los efectos de la crisis y ponga los cimientos de la recuperación.

No es de extrañar, pues, que Madrid, Lisboa, Roma y Atenas, con el apoyo externo de París, hayan intensificado los contactos para afrontar la negociación con un frente común ante la postura firme de Holanda, Suecia, Dinamarca y Austria. Algunas de las exigencias del norte (la condicionalidad, los sistemas de control al estilo de la troika de la pasada crisis) son difíciles de justificar dada la naturaleza de esta crisis, causada por un fenómeno exógeno y no por las políticas o las dinámicas económicas de cada país. Algunas de las peticiones de los países del sur, como primar las ayudas directas por encima de los  préstamos, son muy difíciles de aceptar no solo por los gobiernos de los países del norte, sino por sus opiniones públicas.

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Suele plantearse el problema del reparto de fondos en la UE como un mecanismo de solidaridad. Es un enfoque cuanto menos incompleto, si no equivocado, ya que en realidad de lo que se trata es de aplicar un principio de reciprocidad. Los países del norte tan reticentes a ayudar a los del sur, no deben olvidar los beneficios que ha aportado a sus economías el euro y la apertura de esos mercados que hoy están en crisis. El exceso de prudencia puede llevar a algunos gobiernos de la UE a repetir los errores del pasado y a aproximarse a esta crisis con una mirada cegada de ortodoxia, cuando en realidad lo que vivimos es un momento excepcional que requiere de medidas excepcionales. Pertenecer al club comunitario tiene indudables ventajas, como bien saben tanto el sur como el norte de la UE, pero exige al mismo tiempo reciprocidad en las decisiones y las acciones.