Un colectivo ignorado

En defensa de las criaturas

Con el mantra "los niños se adaptan a todo", durante el confinamiento se han pisoteado sus derechos

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Varios niños juegan en el barrio de Sant Andreu de Barcelona, el pasado 26 de abril, primer día con permiso durante el estado de alarma. 

Varios niños juegan en el barrio de Sant Andreu de Barcelona, el pasado 26 de abril, primer día con permiso durante el estado de alarma.  / JORDI COTRINA

Vivimos en una sociedad niñofóbica, a la que la crisis del coronavirus ha hecho caer la careta. Lo hemos visto, desde que estalló la emergencia sanitaria, con unas políticas que han mantenido a las criaturas encerradas en casa 44 días, sin tener en cuenta sus necesidades físicas y emocionales, y en comentarios y artículos publicados que han mostrado sin tapujos desde la incomprensión hasta el odio hacia los pequeños.

España ha sido el único país de Europa con un confinamiento tan duro para los menores. Mientras se han tenido en cuenta las necesidades de los animales domésticos, que también son importantes, a los que se ha podido sacar a la calle a lo largo del confinamiento, se han ignorado las de las criaturas. ¿Tan difícil era permitir a los menores salir una hora al día a pasear manteniendo una distancia de seguridad con otros adultos? Pues, no. Algo que dice mucho de cómo nuestra sociedad ve y trata a la infancia. Con el mantra "las criaturas se adaptan a todo", se han pisoteado sus derechos.

Muchos comentaristas, ya sea en redes sociales o en artículos, tampoco se han quedado cortos. Los pequeños han sido tachados de "supercontagiadores", al margen de cualquier evidencia científica. Han sido acusados, sin ningún tipo de rubor, "de transmitir el virus a todo adulto que se acerque a ellos o les toque". Cuántas madres durante el confinamiento han sido increpadas en la calle al ir con sus criaturas a quienes no podían dejar solas en casa. Generar animadversión y fobia hacia la infancia tiene sus consecuencias, y el precio a pagar es alto.

Contra los menores, todo vale

Si el mismo mensaje fuese lanzado contra otro colectivo, ¿cuánto tardarían las redes en incendiarse y muchos a posicionarse?  Sin embargo, contra los menores todo vale. ¿Será porqué no están en igualdad de condiciones que los adultos para reivindicar sus derechos y  defenderse? ¿O acaso hemos asimilado el discurso adultocéntrico e individualista que afirma que los niños y las niñas por definición son un estorbo?

La sociedad actual exalta hipócritamente la infancia al tiempo que la menosprecia. Lo mismo podríamos decir con la juventud. En realidad, se idolatra una infancia edulcorada, con niños bonitos, sonrientes y callados, que vemos en revistas y reportajes, pero se da la espalda, y se niegan sus necesidades. Se construye un ideal de niñez, útil al patriarcado y al capitalismo, que nada tiene que ver con la infancia real. La sociedad adultocéntrica es demasiado individualista, arrogante y productivista para mirar hacia donde miran las criaturas y a lo que estas precisan. De hecho, solo se acuerda de ellas cuando se trata de consumir, cuando sus necesidades pueden convertirse en objeto de lucro. 

El discurso contra las criaturas tiene mucho que ver con el discurso antimaternal. La maternidad se reduce a una maternidad patriarcal encerrada en el hogar o a una maternidad neoliberal útil al mercado, mientras se niega e invisibiliza la maternidad real, porque lo que vivimos las madres molesta e incomoda. Es mejor pretender que las contradicciones y la ambivalencia inherentes a la maternidad no existen y relegar las dificultades de maternar a lo privado. Un silencio que da lugar a la vulneración de derechos. Algo muy similar a lo que sucede con la infancia.

Se trata en definitiva de un discurso antivida y anticuidados que no tiene en cuenta  la vulnerabilidad y la dependencia que nos es propia, que mercantiliza necesidades y que considera nuestras vidas moldeables a los intereses del capital. Un discurso falsamente progresista, incluso a veces vestido de feminista o ecologista, pero en realidad liberal, que apela a la libertad del individuo, mientras rechaza toda responsabilidad colectiva, la imprescindible ayuda mutua, y que niega la interdependencia humana.

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Lo vemos en ese alegato a no tener compromisos, algo que puede considerarse muy 'cool', en miradas paternalistas hacia madres y bebés, que son incapaces de ver más allá de la maternidad reaccionaria que se nos impone. Se reclaman restaurantes, hoteles y playas 'childfree', y se niega que los pequeños, como la organización de la dependencia y como la naturaleza, son una responsabilidad colectiva, política, no individual. Son posiciones que incluso con un lenguaje falsamente progresista reproducen una actitud machista, conservadora, individualista y discriminatoria.

No podemos permitirnos una sociedad anticriaturas. No hay futuro posible con un sálvese quien pueda.