02 jun 2020

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Editorial

En primera línea y sin protección

Que no sea un problema solo español no disminuye la gravedad de que el personal sanitario no cuente con material básico

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El Periódico

A la izquierda, delantales de plástico de charcutería llevan estas dos doctoras que trabajan en Ifema. A la derecha, el vestuario femenino del pabellón 5, donde se hacina el personal.

A la izquierda, delantales de plástico de charcutería llevan estas dos doctoras que trabajan en Ifema. A la derecha, el vestuario femenino del pabellón 5, donde se hacina el personal. / Anxelo Fernández

De las varias crisis desencadenadas por la pandemia, la falta de material sanitario adecuado es de las más acuciantes. Que no sea un problema únicamente español no es consuelo cuando urgen medidas sobre la marcha y soluciones inaplazables para atenuar los riesgos que corren las plantillas de hospitales, clínicas y residencias de ancianos, directamente implicadas en la asistencia a los enfermos, pero también los cuerpos de seguridad y todos los servidores públicos que mantienen un contacto directo con la población. Las quejas de los más expuestos al contagio no paran de crecer, varios tribunales han actuado de oficio o tramitado procesos incoados por organizaciones profesionales y sindicatos y el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya ha instado a la Generalitat a que proporcione a los Mossos material de protección y test del covid-19.

Es innecesario reconocer que en una situación como la que se vive es imposible garantizar la seguridad al ciento por ciento por más precauciones que se tomen y medios de los que se disponga, pero es preocupante la tardanza en la mejora de la situación de los trabajadores sanitarios en primera línea de combate. Desde luego, la pandemia es un desafío sin precedentes y los responsables políticos y técnicos de afrontarlo se ven forzados a adoptar decisiones sobre la marcha sin que puedan fundamentarse en casos precedentes, porque no los hay. Pero no puede imponerse el heroísmo como pauta de conducta de profesionales imprescindibles para vencer a la enfermedad, sometidos, además, a un enorme estrés.

Todo cuanto se diga es poco sobre la competencia internacional para hacerse con material indispensable –mascarillas, ropa y calzado adecuados, respiradores, test–, y es encomiable la disposición de empresas, centros de investigación y voluntarios para suplir los circuitos de suministro convencionales, pero se trata de un esfuerzo de efectos limitados. Faltan a la verdad los púlpitos desde los que se asegura que todo se ha hecho de forma insuficiente, tarde y mal, pero es un hecho que no pueden prolongarse los riesgos que corre el personal del que depende en primera instancia que se contenga el mal.