Las desigualdades

Privilegios y confinamiento

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Una señora toma el sol en su balcón, en Madrid, durante el confinamiento.

Una señora toma el sol en su balcón, en Madrid, durante el confinamiento. / EFE / MARISCAL

Como todas las circunstancias adversas, el confinamiento vuelve a poner en relieve la lucha de siempre: la de clase. Poderte confinar o no, hacerlo en condiciones óptimas o no, tener estabilidad económica o no. El confinamiento, durante los primeros días, era un lujo. Ahora el lujo es mantener el sueldo, o tener luz natural, o suficiente espacio para que los pequeños se puedan desahogar dentro de casa, o poder comprar todo lo que necesitas, o tener ahorros... hace reír hablar de ahorros para la mayoría de las familias de este país, sí.  

La situación de muchos hogares de Catalunya es dramática, y hemos dado por hecho que todos los niños tienen acceso a internet, o que toda la población considera su casa como un espacio seguro, o que tienen un balconcito en el que poder tomar el poco sol que este marzo cruel -y eso que la literatura nos decía que tenía que serlo este abril en el que entramos- nos ha ofrecido. El día a día y la vorágine del siglo XXI quizá nos hace dar por hechas muchas cosas, y el confinamiento, la pandemia y el impacto económico de esta crisis nos vuelve a poner en el centro las desigualdades de siempre, agravadas por la situación actual.

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Todo lo que teníamos, multiplicado por diez. Y a pesar de todo, a pesar de todas las injusticias, y todos los privilegios y todas las discriminaciones, y a pesar de todos los pesares, no minusvaloremos ninguna angustia, no empecemos a medir sufrimientos, a competir entre penas, no empequeñezcamos ninguna tristeza por pequeña que sea, desde el rincón de la casa más espaciosa en soledad y en silencio o del piso más pequeño con criaturas que no pueden descargar toda la energía que acumulan desde hace tantos días. Escuchemos también a aquellos que se han de desahogar, y cuya miseria es diminuta comparada con la de otros. Aunque nos parezca que somos privilegiados -y lo somos-, que tenemos una situación envidiable -y la tenemos- y que haya mucha desgracia alrededor nuestro -y la hay-, busquemos la comprensión y ofrezcámosla también a quien se siente solo, a quien necesita pasar un duelo, a quien se hace muchas preguntas. No banalicemos la salud mental y emocional de nadie, porque nos la en ello la vida, y el futuro, y todo. Cuando esto pase, recordemos que las curas, las emociones y la solidaridad son, también, una cuestión colectiva. 

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