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La educación en España

Pruebas de competencias básicas de 4º de ESO en el instituto publico La Llauna de Badalona. 

RICARD FADRIQUE

PISA 2018: cuando la hemeroteca no perdona

Xavier Bonal y Adrián Zancajo

La equidad educativa no es indiferente a los recursos. Y si no se reducen las desigualdades educativas, no hay prácticamente margen de mejora

Hace tres años, cuando se publicaron los resultados de PISA del 2015, el entonces ministro de Educación Méndez de Vigo celebró efusivamente los resultados de España, especialmente en competencia científica. Según el ministro, los resultados de PISA situaban a España en el grupo de países europeos más avanzados en educación. Las supuestas virtudes de la LOMCE comenzaban a ser visibles y el camino que se iniciaba de mejora de la educación parecía imparable.

Tres años más tarde no podemos conocer los resultados de PISA en la prueba central de la edición del 2018 (competencia lectora) por anomalías en las respuestas, mientras que los resultados en las competencias de matemáticas y ciencias se estancan o retroceden ligeramente en el conjunto del Estado y lo hacen significativamente en algunas comunidades autónomas, como Madrid. Curiosamente, el retroceso aparece cuando, esta vez sí, todo el alumnado que ha realizado las pruebas se ha escolarizado bajo el modelo LOMCE. Parece que la euforia desatada hace tres años deberá guardarse en un cajón al menos durante los tres próximos años.

Del mismo modo que la euforia de entonces fue injustificada, también lo sería ahora entrar en el derrotismo absoluto. Una observación de la serie histórica de las puntuaciones PISA en España o Catalunya nos muestra unos resultados relativamente estables, y sobre todo la inexistencia de una tendencia clara al alza o a la baja. En esta ocasión además, solo 7 países de los 79 participantes han mejorado sus resultados con respecto al 2015. Las desigualdades en los resultados en función del origen social aumentan y las direcciones escolares en España reportan mayor escasez de recursos que la media de la OCDE, especialmente en las escuelas más desaventajadas socialmente.

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Atribuir el retroceso en los resultados a los recortes sería temerario. Sin embargo no deja de ser sintomático que tan pocos países mejoren o que se mantenga la fuerte distancia en los resultados entre estudiantes nativos e inmigrantes. También es significativo que en los sistemas con mayores niveles de segregación escolar la desigualdad de resultados sea mayor o que las comunidades del norte de España que gastan más en educación eviten la caída en el rendimiento más que aquellas que tradicionalmente gastan menos. Aunque no existe una relación directa entre gasto y rendimiento educativo, la equidad educativa no es indiferente a los recursos. Y si no se reducen las desigualdades educativas, no hay prácticamente margen de mejora de los resultados educativos.

Por lo demás, algunos síntomas del enfermo se siguen repitiendo edición tras edición. La repetición no solo no ayuda sino que penaliza, el modelo formativo de la enseñanza secundaria necesita mejorar la formación por competencias y el sistema de asignación del profesorado tiene que favorecer a los centros socialmente desaventajados. Lo sabemos desde hace tiempo y nadie parece dispuesto a ponerle remedio.