Ir a contenido

Auge de la ultraderecha

Celebración en la sede de VOX, tras los sorprendentes resultados electorales.

DAVID CASTRO

El mal de la banalidad

Mar Calpena

A los fascistas se los detecta enseguida porque presentan como una alternativa razonable una división entre el 'nosotros' y el 'ellos', donde el enemigo siempre es el otro

Los resultados de las elecciones suelen ser como un test de Rorschach en el que cada partido proyecta lo que quiere. En el de estos días, sin embargo, aparecieron unas inequívocas manchas en forma de esvástica. Hemos desgastado tanto las palabras llamándonos fascistas y totalitarios los unos a los otros que no sabemos ni reconocer el fascismo cuando aparece en la vida política. No vale la excusa de que los neofascismos no se parecen en sus formas a los de hace 90 años; en primer lugar, porque el deje estético-nostálgico no es tan distinto, y en segundo porque casi un siglo de lidiar con sus embates debiera habernos enseñado, como rezaba un film antinazi del Departamento de Defensa de Estados Unidos en 1943, 'Don't be a sucker', que los fascistas no son tan diferentes de nosotros mismos, pero se los detecta enseguida porque presentan como una alternativa razonable -de hecho, como la única razonable- una división entre el 'nosotros' y el 'ellos', donde el enemigo siempre es el otro. La tesis más interesante de la película es que para que el fascismo prospere tienen que darse víctimas voluntarias de su estafa.

Entretodos

Publica una carta del lector

Escribe un post para publicar en la edición impresa y en la web

Gente que piensa que el no ser el 'otro' les proporciona un derecho especial, que no se les está reconociendo debidamente, y a los que el fascismo les promete todo a cambio de un pacto demasiado bueno para ser verdad, sin contrapartidas aparentes a cambio. Soluciones simples para problemas complejos. Ya no es que, como postulaba Hannah Arendt, el mal solo necesite manifestarse diez minutos al día como parte de una vida banal y perfectamente sensata, sino que la banalidad que nos envuelve es precisamente el combustible principal de este mal. Hemos tenido que recurrir a emociones exógenas -¡más elecciones!, ¡inflamemos la retórica en Catalunya!, ¡demonicemos la moderación!-, nos hemos hecho adictos a la adrenalina, y hemos desgastado las palabras y las ideas hasta que se han quedado romas para combatir las verdaderas amenazas. Vox ha sacado 3.640.063 votos, pero en lo banal, en lo trivial de la defensa de lo básico, incluso quienes jamás los votaríamos somos algo cómplices de ese mal.