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El conflicto catalán

Marcha de antorchas en Girona para conmemorar el 1-O, el pasado martes

JOAN CASTRO / ICONNA

Llamadas a la desmovilización

Xavier Bru de Sala

Las peticiones de calma, o si quiere a la interiorización de la indignación por la sentencia, interpelan por lo menos a las tres cuartas partes del electorado independentista

Cuando la sentencia está al caer, no solo no hay respuesta que apele a toda la ciudadanía contraria a los encarcelamientos sino que algunos de los principales líderes del independentismo hacen llamadas no muy indirectas a la desmovilización. El vicepresidente del Govern habla de sonrisa, el presidente del Parlament invalida de facto toda reacción que no involucre al 80% de la sociedad, Oriol Junqueras desacredita el "humo" y, en el colmo de la sutileza, Artur Mas advierte de las serias posibilidades de ilegalización de partidos, extensible a las organizaciones sociales. Por su parte y como forma elegante de escurrir el bulto, la Cambra se ha comprometido a apoyar las formas extensas de reacción sabiendo que no se producirán. La síntesis de todo ello es clara. Ante las incertidumbres y los peligros, más vale quedarse en casa y esperar al día en que la respuesta no sea solo de los irreductibles ni esté liderada por ellos sino de país, es decir tan unitaria y plural como lo es el sentimiento de rechazo a las condenas.

Dichas llamadas a la calma, o si quiere a la interiorización de la indignación, interpelan por lo menos a las tres cuartas partes del electorado independentista. De modo que la previsión de las protestas en la vía pública es de decenas, no cientos de miles de personas. Los que se preparan para salir a la calle, o a la carretera, se amparan en el lema implícito y ambivalente, por no decir peligroso del "cuantos menos seamos, más ruido deberemos meter". Según ciertas teorías difundidas en las redes sociales, con cincuenta mil personas bien organizadas y decididas basta para paralizarlo todo. ¿Cierto? Depende.

Una maniobra de distracción

Las cinco marchas simultáneas convocadas por el tándem ANC-Òmnium no son más, a ojos de los partidarios del colapso, que una maniobra de distracción, una forma de dispersar las energías y esparcirlas por el territorio. Es probable que no yerren quienes suponen que van a transcurrir fuera de las autopistas y las vías principales de circulación. Tres días de camino por etapas de 20 kilómetros no se encuentran al alcance ni de los trabajadores ni de un buen número de jubilados entre los dispuestos, si no fuera por la edad, a participar. Por otro lado, la anunciada presencia de los CDR es un reto de primera magnitud para los organizadores, ya que entre los exaltados y los infiltrados se pueden producir las escenas no deseables de enfrentamiento con las fuerzas del orden. La incorporación de los CDR también es desmovilizadora: quien no quiera polvo que no vaya a la era. La cifra de los 70.000 inscritos en las marchas por la libertad no solo es muy baja sino que se puede ver disminuida por defecciones efectivas de última hora.

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Lejos de darse prisa en buscar una fórmula mayoritaria de protesta, los que llevan la voz cantante se aprestan a patrimonializarla en favor, no del independentismo en su conjunto sino de la fracción del independentismo que predica el bloqueo inmediato como fórmula para hacer efectiva la república a corto plazo. Así, según el 'president' Torra y la CUP, quien no quiera la independencia ahora está en contra de la libertad. El presidente y los que se niegan a aprobarle los presupuestos coinciden en la concepción de las protestas como una oportunidad, quizá la última en mucho tiempo, de recuperar la iniciativa perdida por el 'president' Puigdemont, en fecha infausta y por tanto no celebrada, dos años atrás. Vanas ilusiones, ya veremos hasta qué punto contraproducentes.

Avancemos algo en los posibles escenarios del día siguiente a las movilizaciones. Escenario A: no ha ocurrido nada más que una protesta civilizada, pacífica y no muy masiva de gente que ha vuelto a casa sin ocasionar disturbios. Descrédito y declive para los convocantes. Escenario B: ha habido incidentes, pocos, minimizados en casa y magnificados por los medios de comunicación hispánicos, ante la indiferencia de los de fuera que dan por descontada el fin del clima insurreccional que los llevó a Barcelona hace un par de años pero ya no han vuelto. Escenario C: Enfrentamientos numerosos y subidos de tono, con múltiples escenas de violencia. Mejor no imaginar el resultado, sin duda nefasto para el conjunto del soberanismo y para Catalunya.

Las consecuencias en el comportamiento electoral de los votantes el 10-N son difíciles de prever. Solo apuntar que los escenarios A y B favorecerían el traspaso de votos de Ciudadanos hacia el PSC que se ha acentuado con la moción de censura por la culata. En cualquiera de los casos, queda claro que Quim Torra hace campaña a favor de la CUP, es decir en contra de la coalición de gobierno que preside y contra JxCat.