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Los programas de transferencia de renta

La pobreza, ¿pereza o injusticia social?

LEONARD BEARD

La pobreza, ¿pereza o injusticia social?

Antón Costas

El problema con las creencias sobre la pobreza es que se transforman en políticas. Y cuando las creencias son erróneas, las políticas son perversas

La última vez que asistí a esta discusión fue esta misma semana, en la celebración del aniversario de mi promoción de la escuela de Ingeniería Industrial de Vigo. La mayoría de ellas y ellos han tenido o tienen responsabilidades técnicas o directivas en empresas. Uno de los temas que salió en la discusión fue el de las ayudas a los parados pobres.

Muchos de ellos sostuvieron la opinión de que una ayuda incondicionada de 450 euros hace que se pierda la disposición a trabajar. Mencionaban el ejemplo de personas sin trabajo que ellos conocían que cuando reciben una oferta de trabajo con un salario de 900 euros prefieren la prestación de 450 al salario de 900 euros. Por lo tanto, no eran partidarios de ese tipo de transferencias de renta incondicionadas.

'La trampa de la pobreza'

Muchas personas de diferente condición social –no solo los ricos- y diferentes ideologías políticas y visiones sobre lo que es una sociedad justa  -no solo conservadores o liberales, sino también socialdemócratas- creen que los programas de transferencias de renta a hogares pobres crean dependencia. Es decir, hacen caer en la 'trampa de pobreza', creando una 'cultura de dependencia' que reduce la disposición a trabajar.

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El problema con la pobreza de los hogares sin empleo ni recursos es que afecta de forma dramática a los niños que viven en esos hogares. Por lo tanto, la evaluación de los efectos de los programas de transferencias de renta hay que hacerla tanto desde la evidencia que tenemos sobre los efectos de esos programas sobre la disposición a trabajar como sobre sus efectos sobre los niños de esos hogares.

Fue el presidente demócrata –en términos europeos diríamos socialdemócrata- Bill Clinton el que durante su mandato hizo la promesa de “terminar con el bienestar tal como lo conocemos”; es decir, acabar con los programas incondicionados contra la pobreza. Otros dirigentes políticos le han seguido en esta orientación de condicionar los beneficios de los programas a la aceptación obligatoria del empleo que se les ofrezca o a programas de formación de uno u otro tipo. Si los potenciales beneficiarios no aceptan, no tienen derecho a la prestación o la pierden.

¿Tiene fundamento empírico esta opinión, o es una simple creencia? Con la riqueza de datos que aporta el estudio y evaluación de programas de pobreza en diferentes países, tanto desarrollados como emergentes, Rema Hanna, codirectora del programa de investigación 'Evidencia para el diseño de políticas', de la Universidad de Harvard, sostiene que, cuando están bien diseñados y aplicados, tienen efectos positivos tanto en la disposición a trabajar como, especialmente, en la mejora de las condiciones de salud y educación de los niños y en sus oportunidades.

Conseguir oportunidades de futuro

En esos estudios, el rasgo fundamental del diseño del programa que aparece como determinante para el éxito es su duración y confiabilidad. Cuando esa asistencia se percibe como confiable por los receptores, y no esporádica y temporal, los efectos positivos sobre el aumento del trabajo y la mejora de la salud y la educación de los niños son claros. Al seguir la evolución a lo largo del tiempo de esas familias se ve cómo esos niños consiguen oportunidades de futuro que no tienen cuando no existen esos programas. La razón es que cuando los programas son confiables brindan las personas herramientas para realizar inversiones a largo plazo, en su futuro y en el de sus hijos.

Si la pobreza fuese el resultado de la falta de disposición a trabajar, es decir de la pereza de los pobres, estos programas no funcionarían. Pero funcionan. Eso sí, cuando están bien diseñados.

Los trabajos de Rema Hanna y colaboradores nos aportan también un dato interesante. Al utilizar la 'Encuesta Mundial de Valores' encuentran que cuanto más elevado sea el número de personas que atribuyen la pobreza a la falta de disposición a trabajar, menos generoso es el sistema de ayuda a los pobres. El problema con las creencias sobre la pobreza es que se transforman en políticas. Y cuando las creencias son erróneas, las políticas son perversas.

En la medida en que en nuestro país la pobreza está aumentando de forma dramática, especialmente la pobreza severa, y que los gobiernos deben diseñar programas de este tipo, pienso que vale la pena conocer esta evidencia que nos dice que la pobreza no es el resultado de la pereza, como mucha gente piensa, sino de la injusticia social y económica.