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ANÁLISIS

Neymar Júnior debería purgar sus culpas en las mazmorras de oro del PSG

AFP / FRANCK FIFE

El jeque Bartomeu

Albert Guasch

Multimillonarias contrataciones que deberían ser estratégicas, de lustros, se han convertido en ensayo y error asumido con una naturalidad asombrosa

Cuidado con los periodos de reflexión de Bartomeu. Pueden resultan temibles. Después de los sucesos de Anfield dijo que se retiraba a su aposentos a meditar. Y de esas cavilaciones surgieron la ratificación de Valverde, el despido de Pep Segura y, lo más sorprendente, el retorno de Neymar. Griezmann se daba por descontado.

El Barça se ha puesto pinzas en la nariz y se ha embarrado para recuperar al que llegó a ser en su día el segundo mejor jugador del mundo, el número uno indiscutible en montar pollos (quizá con permiso de Balotelli).

Si el PSG accede a la venta, raramente un éxito de gestión se habrá asemejado tanto a un fracaso. Se avecinan fracturas inmediatas y externas. Luego, con el tiempo, todo se normaliza. Entretanto, habría que estar atento tanto al primer regate como al primer conflicto. A ver qué acontece antes.

En cualquier caso, el cuento de hadas de La Masia ha durado un par de días y se desinfla por la punzante realidad del jeque Bartomeu. Parece venderse el alma por otra Champions. El diablo, evidentemente, es Neymar, el que engañó y demandó a todos en el club que quiere retornar.

Ya casi no importa cómo acabará esto. Ya casi no importa cuál de todas las razones imaginables ha pesado más en la determinación del jeque azulgrana. En la megalomanía imperante se ha descuidado el coste estético y sentimental. Todo por ganar, sin matices ni contornos. 

Pero recordemos que Neymar, aun estando bien del pie, no garantiza nada. En sus tres temporadas aquí se ganó una sola Champions y, por tanto, subrayemos pues que con él se fracasó en dos.

El club de los jugadores

El intento de fichaje, acabe como acabe, ya se lee como otra claudicación de Bartomeu frente a los poderosos del vestuario. Quizá el club de los jugadores ya está aquí.

Se constata ahora: la traicionera marcha del brasileño hace dos años causó unos destrozos entonces inimaginables. Coutinho, Dembélé, hasta Griezmann y quizá otra vez Neymar han desfilado para cubrir la huida.

Multimillonarias contrataciones que deberían ser estratégicas, de lustros, se han convertido en ensayo y error asumido con una naturalidad asombrosa. Siempre queda un billete de 100 millones por quemar, un préstamo que pedir.

Neymar representa un tipo de personaje que provoca sarpullidos en el aficionado más clásico; seguramente fascinación en el del siglo XXI. Pero se mire como se mire, hay algo feo, inmoral, casi masoquismo en el interés en asociarse con él, un ‘partner premium’ más que un fichaje.

Retornaría a Catalunya la sede social de su compleja sociedad (una que volvería al menos), que son sus regates, sus piscinazos y lesiones, también sus toiss, su padre, sus agentes, sus pleitos y su súper salario, sus alegres redes sociales, sus fiestas de rojo, sus anuncios y su Casa de Papel.

Como empresa que es, tiene sus intereses y sus caprichos. Ahora es volver al Barça. En un par de años pueden ser otros. Pero el Barça, casa de barrets, está predispuesto a firmar. A ver qué resuelve el otro jeque, el de Qatar.