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Incendios en la Amazonia

Incendios forestales en la región del Amazonas en Brasil.

Reuters

Los negacionistas de la emergencia climática, una suerte de fascismo antiecológico, ocupan lugares de poder en buena parte de un planeta cuya atmósfera no entiende de fronteras

Pocas sensaciones tan angustiosas como las de ahogarse. Cuando falta el aire –como sabe cualquier asmático- la sensación de angustia es enorme, porque todo el cuerpo reacciona como si la muerte fuera inminente. Las noticias de los incendios forestales, siempre traumáticas, lo son doblemente si se producen en selva amazónica, llamada a menudo como el pulmón verde del planeta porque es el bosque tropical más importante del planeta, con una superficie de 5,5 millones de kilómetros cuadrados, que genera el 20% del oxígeno respirable en nuestra atmósfera. Una destrucción que puede llevarnos a la extinción si aumenta en un 5%, según el periodista y ambientalista Alfredo Sikis.

Pero lo más terrible de estos fuegos es que no se producen fortuitamente, sino que son el producto de décadas de políticas centradas en reconvertir el bosque primigenio en tierra cultivable destinada a la producción de soja –en los años 90, por ejemplo, desapareció una superficie arbolada equivalente a la de España-, que se han exacerbado en los últimos tiempos hasta llegar a la ola récord actual, con casi 74.000 fuegos en lo que va de año. No son los únicos que están arrasando los bosques del planeta. Como ocurre en el caso de Brasil, los dirigientes negacionistas de la emergencia climática, una suerte de, llamémosle, fascismo antiecológico, elegidos a menudo en base a programas populistas centrados en la creación de puestos de trabajo mediante la explotación intensiva de los recursos naturales, ocupan lugares de poder en buena parte de un planeta cuya atmósfera no entiende de fronteras.

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En esta tesitura, Bolsonaro quiere presentarse como víctima de las difamaciones de oscuros poderes. Un humo con el que pretende cegar los ojos de las instituciones transnacionales, pero que ha encontrado respuesta en las presiones que han ejercido diversos países –con Macron a la cabeza de un grupo que amenazaba no suscribir el Mercosur- para que el Gobierno brasileño haga algo más que intoxicar. Porque nos ahogamos.