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A pie de calle

Un menor duerme en un parque de Barcelona, el viernes 5 de junio por la mañana.

Acompañar no es atender

Anna Tomàs

Las personas nacemos vulnerables. Solo podemos sobrevivir y desarrollar nuestras potencialidades en la medida en que somos acompañados y cuidados por otras personas

Desde los servicios de atención a las personas nos preguntamos día tras día cómo hacer frente a los cambios que sufrimos en la sociedad actual, especialmente los que tienen más impacto en las personas en situación de mayor vulnerabilidad.

Muchas entidades del tercer sector social nacieron en un contexto histórico muy distinto, hace ya más de 30 o 40 años. Las necesidades de la población se manifestaban de forma diferente y las fórmulas que usábamos, pensadas para aquel momento, no dan ya los resultados esperados. A pesar del esfuerzo de profesionalización del sector, el desbordamiento es generalizado porque nos encontramos con más personas en situaciones de exclusión en diversos ámbitos de la vida cotidiana.

Para abordarlo hay que detenerse y analizar los fenómenos que transforman nuestro entorno: el incremento de la esperanza de vida, la diversificación de las familias y de las trayectorias vitales, la fragilidad de los empleos... Todo en el marco de una digitalización de las transacciones más cotidianas que acelera su impacto.

A la hora de revisar críticamente lo que hacemos, tampoco debemos empezar de cero porque tenemos experiencia acumulada. ¿Qué sabemos? ¿Qué hemos aprendido?

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Promover la autonomía

Sabemos que las personas nacemos vulnerables. Solo podemos sobrevivir y desarrollar nuestras potencialidades en la medida en que somos acompañados y cuidados por otras personas. Este proceso se da en el contexto familiar y comunitario y es una realidad que, por más cambio de época que vivamos, persistirá. Los seres humanos somos interdependientes y vulnerables.

Sabemos también que los servicios de las entidades sociales pueden promover la autonomía de las personas atendidas, pero también cronificar o generar dependencia cuando sitúan a la persona únicamente como ‘receptora’ de una ayuda o intervención. Sabemos que las personas deben situarse como protagonistas de su proceso de inserción, de recuperación. Y que las categorías que simplifican la exclusión social –MENA, inmigrantes, drogodependientes...— no explican nada porque detrás de cada persona hay una biografía, una trayectoria única y singular.

Acompañamiento adecuado

A partir de todo lo que hemos aprendido, el reto es innovar y repensar unos servicios de atención que acompañen a la persona en su entorno, en su casa preferentemente. En su barrio, su ciudad... o que la ayuden a encontrar otra si ha tenido que renunciar a la suya para sobrevivir.

Acompañar es ir con alguien para darle apoyo, guiarlo, no atenderlo como una persona ‘usuaria’ con un número de expediente. La diferencia la conocemos todos porque nos hemos visto en esa tesitura. El acompañamiento debe basarse en una atención orientada a la capacidad de las personas y de las comunidades para cuidarse con sus propios recursos, en su propio entorno. El verdadero gesto terapéutico o transformador de los servicios radica en poder hacer ese acompañamiento a las personas y a las comunidades con la intensidad y el tiempo adecuados. Porque la naturaleza humana persiste y seguimos necesitándonos y siendo interdependientes. Y de esa constatación debemos seguir aprendiendo.