EL CONFLICTO CATALÁN

La autodeterminación catalana como desbordamiento democrático

Junqueras ha asumido que no habrá reconocimiento de la soberanía catalana hasta que no se acredite un apoyo a la independencia mayoritario

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Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, en septiembre del 2017, en el Parlament.

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont, en septiembre del 2017, en el Parlament. / FERRAN NADEU

La interpretación de la política catalana está muy condicionada por dos hechos: la lucha por la hegemonía en el campo independentista entre ERC y el espacio posconvergente, y la imagen de empate entre independentismo y unionismo. La segunda cuestión permite que Pedro Sánchez crea que puede despachar el tema del conflicto entre Catalunya y el Estado reduciéndolo a un supuesto problema de convivencia en el interior de la sociedad catalana. Pero, aunque no sea ni mencionado, el tema catalán incide de forma directa y evidente en la inestabilidad de la gobernabilidad española.

Y, por otra parte, la línea divisoria más importante observable en la sociedad catalana no es la determinada por el apoyo a la independencia, sino la definida por el apoyo al derecho a decidir. El dato básico para entender la cartografía política catalana es que un mínimo del 75% de la población cree que la sociedad catalana debe decidir su estatus político votando sobre la autodeterminación. El frustrado debate de investidura de Sánchez ha demostrado que la sociedad española está más polarizada que la sociedad catalana.

En cuanto a la cuestión de los desencuentros en el campo independentista, la espuma táctica de las legítimas luchas por el poder esconde el hecho sustantivo: detrás de la rivalidad entre ERC y el espacio posconvergente hay dos concepciones del país y dos diagnósticos de la situación. Mientras el espacio posconvergente tiende a una concepción identitaria del catalanismo, ERC se encuentra más cómoda en el concepto de identidad de proyecto basada en el reconocimiento de la diversidad constitutiva de la sociedad catalana.

Pero tan importantes o más son las diferencias sobre el diagnóstico. Mientras Quim Torra y Carles Puigdemont tienden a administrar políticamente la legitimidad derivada del 1-OOriol Junqueras y Marta Rovira han asumido que no habrá ningún reconocimiento de la soberanía catalana hasta que no se acredite de forma inequívoca y reiterada que el apoyo popular a la independencia es mayoritario en el seno de la sociedad catalana. La consecuencia de la opción Puigdemont/Torra es priorizar el conflicto democrático con el Estado. Por el contrario, la opción Junqueras/Rovira lleva a reforzar la cohesión interna de la sociedad catalana a partir de las amplias mayorías transversales partidarias de votar en libertad sobre el derecho a la autodeterminación.

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El veredicto de las urnas

El hecho es que sin compartir el diagnóstico no será posible definir ninguna unidad estratégica. Y sin aproximación en la interpretación de la situación, el veredicto solo lo podrán dictar las urnas. Y, por ahora, tanto los últimos resultados electorales como las sucesivas aproximaciones demoscópicas parecen avalar la tesis del desbordamiento democrático. Es decir, la tesis de que solo un formidable desbordamiento democrático de la voluntad democrática del derecho a la autodeterminación de la sociedad catalana puede resolver el conflicto con el Estado. Mientras tanto, la lucha real por la hegemonía parece situarse en el debate entre las concepciones del republicanismo de izquierdas y las del PSC de Miquel Iceta.