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Análisis

Sánchez e Iglesias, antes de la reunión de este martes.

DAVID CASTRO

Confiando en que Pedro y Pablo saben lo que hacen

Jordi Mercader

Se han arriesgado a pasar por ineptos, cuando no lo son, solo adictos al tacticismo

La ceremonia de la investidura fallida no ha sido una exhibición de incompetencia de los protagonistas, ni la consecuencia de una supuesta inexistencia de cultura del pacto y mucho menos el trágico destino de una izquierda confusa condenada a no entenderse. Pedro Sánchez y  Pablo Iglesias sabían lo que se hacían: exponer al público la existencia de razones sobradas para no ponerse de acuerdo, desgastarse y mantener las manos libres para la segunda vuelta, sea en septiembre o en diciembre. Y lo consiguieron, aun arriesgándose a pasar por ineptos, cuando no lo son, solo adictos al tacticismo.

Pactos los ha habido y los hay continuamente y para pactar solo hay que querer hacerlo de verdad. No es tan difícil. José María Mazón, el diputado regionalista cántabro, lo dijo en varias ocasiones, asombrado, como Gabriel Rufián y Aitor Esteban de lo que se estaba retransmitiendo desde la tribuna del Congreso. El PSOE no quería un gobierno de coalición y acabó por aceptarlo en cuanto intuyó que no saldría adelante, mientras que Unidas Podemos lo reclamó desde el primer día y lo rechazó en el último minuto cuando lo creyó inevitable, apelando despectivamente a unos jarrones chinos que un día reclamarán. En cuanto empezaron a hablar, algo tarde según las crónicas, emergieron sus muchas diferencias, desde la desigual experiencia de gobierno a los intereses partidistas a medio plazo, y sobre todo la desconfianza alimentada vertiginosamente, como sucedáneo de una estrategia de reafirmación.

Sánchez sospecha de la inexistencia entre los dirigentes podemitas del sentido de Estado en su versión más clásica, mientras que Iglesias y los suyos recelan de la predisposición del PSOE a practicar una auténtica política de izquierdas. Y en el fondo, el recuerdo del fuego cruzado de tantos discursos descalificadores y de un sueño que quedó en susto de substitución. La manera más práctica de confirmar o erradicar estas poderosas dudas habría sido poniéndose a gobernar de inmediato. Salida de emergencia para una hipotética experiencia frustrante la había y sin embargo, ninguna de las partes ha querido tentar (todavía) la suerte de que pudiera funcionar.

De darse una diferencia insuperable en cuestión de Estado (provocada por el soberanismo catalán, por descontado), al presidente Sánchez le bastaría con una crisis de gobierno para revertir la coalición en una ejecutivo monocolor, una demostración de firmeza constitucional inapelable a la que los ministros morados responderían saliendo por la puerta grande de sus convicciones. Entre la eventualidad de una futura crisis de gobierno o condenar al país al gobierno en funciones, y tal vez a la repetición electoral, parecería razonable optar por la primera apuesta; en todo caso era la que mejor respondía al mandato popular vigente: impedir un gobierno de las tres derechas, la anquilosada, la ocurrente y la amenazadora. El peligro sigue ahí, pero tanto Sánchez como Iglesias tienen su propio librito para hacerle frente y no creen llegado el momento de renunciar a nada.