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La campaña electoral del 28-A

Los seis candidatos en el debate de TVE.

DAVID CASTRO

La burbuja de los debates

Toni Aira

El debate sobre el debate acaba siendo más noticia que aquello que finalmente pasa en el plató

Igual como lo hizo para aquella burbuja inmobiliaria que parecía que podía crecer 'in aeternum' (y no), llegará el día (no muy lejano) en que la burbuja de los debates electorales en televisión también explotará. Por una razón muy sencilla: las cadenas generalistas y las redes sociales la alimentan en campaña, desbocadamente, a base de expectativas que no se acaban cumpliendo. No las positivas, por lo menos. Porque de hecho los peores augurios acostumbran a cumplirse y llegan acompañados de toneladas de vergüenza ajena que los protagonistas del espectáculo regalan al público. Y ahí es donde se refuerzan dos factores de desconexión creciente del electorado potencial respecto de toda campaña: el discurso en negativo (de ataque, de insulto, de crispación) y el bombardeo partidista (sectario con el otro, acrítico con el propio, tratando al público en general de menor de edad). Fue un nuevo ejemplo de ello, el debate de este martes en TVE.

Las candidatas Cayetana Álvarez de Toledo (PP) e Inés Arrimadas (Cs) encarnaron a la perfección lo que supone la degradación de un formato televisivo que dista mucho del gran referente que lo dotó de importancia: el primer cara a cara televisado entre John Fitzgerald Kennedy y Richard Nixon, en 1960. En las encuestas posteriores a aquel enfrentamiento, los ciudadanos que habían seguido aquel debate por la radio dieron como ganador a Nixon. Mientras que los televidentes coronaron a Kennedy. Y JFK se impuso en aquellas elecciones por muy escaso margen de votos, a lo que los analistas atribuyeron como uno de los factores decantadores clave aquel debate en la tele, el medio emergente y de moda. Aquella especie de duelo a muerte entre 'cowboys' marcó el nacimiento de uno de los momentos estrella, durante décadas, de las campañas políticas.

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Pero pasados casi 60 años de aquello, ni la tele es lo que era (ni por las audiencias que abraza, ni por aquel reinado casi en solitario de sus tiempos de juventud), ni los políticos se aproximan como entonces (poco entrenados) a la prueba ante las cámaras, ni los debates televisivos en campaña deciden lo que antes. No en positivo, por lo menos.

Así, el debate sobre el debate acaba siendo más noticia que aquello que finalmente pasa en el plató. El debate paralelo, antes, durante y después del enfrentamiento, tiende a aportar más artillería a favor y en contra de las opciones políticas, que no los monólogos con contados pellizcos de contraste de pareceres real que proyectan los candidatos. Los eslóganes recitados compulsivamente y la ausencia de conversación real no ofrecen ningún punto de autenticidad. No enganchan ni cuajan más allá de los convencidos. Y todo por una sobredosis de cálculo, igual como el que proyecta quien defiende el título y por tanto tiene el poder de decidir a qué debate va o no va. Y a más cálculo, menos verdad. O sea, lo de siempre. Es decir, lo contrario de lo que nos venden los que inflan la burbuja de unos debates proyectados como “el gran momento” de una campaña, algo que cada día es menos verdad a ojos de más gente.