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PROTEGER A LOS NIÑOS

Un niño en una escuela.

JOAN PUIG

La pesadilla de los abusos

Beatriz Silva

Es un iceberg del que solo vemos una pequeña parte pero que bajo las aguas esconde toneladas de sufrimiento

Si los mantenemos en secreto, continuarán sucediendo. Así resume Miguel Ángel Hurtado por qué tras dos décadas de silencio, decidió explicar los abusos que había sufrido siendo un niño en el monasterio de Montserrat. En enero pasado, Albert Solé, estrenaba su serie documental ‘Examen de conciencia’ y Hurtado contaba su historia frente a una cámara. Era la primera vez que una producción abordaba en profundidad los abusos sexuales en el seno de la Iglesia católica española y lo hacía tras el trabajo de investigación de El Periodico de Catalunya sobre los casos de pederastia en los Maristas.

‘Examen de conciencia’ no sólo se metía de lleno en lo que significa para un niño el abuso y las secuelas que provoca. También se atrevía a poner en el foco una institución como Montserrat que parecía intocable, como lo han sido también los centros religiosos y las personas que por su rango e influencia han permitido mantener durante décadas las agresiones sexuales a menores bajo un manto de silencio e impunidad.

Lo que pone en evidencia ‘Examen de conciencia’ y el caso Maristas es que no son casos puntuales ni situaciones aisladas. Es un iceberg del que sólo vemos una pequeña parte pero que bajo las aguas esconde toneladas de sufrimiento, personas que nunca se han atrevido a confesar. Ni siquiera a su círculo más cercano. Han sido revulsivos para que asumamos que lo que ha sucedido en Estados Unidos, Irlanda o Australia, no es ajeno. Que también ha pasado aquí y seguirá ocurriendo si no hacemos algo. Porque como bien constatan las víctimas que cada día se atreven a sacar a la luz un nuevo testimonio, ha habido una “ignorancia deliberada”.

El Parlament de Catalunya ultima estos días una comisión de estudio para abordar los abusos sexuales a niños y niñas que cuenta con el apoyo de la mayoría de grupos parlamentarios. Muchos dirán que llega tarde y probablemente tienen razón porque como sociedad deberíamos haber afrontando esta cuestión mucho antes. Sin embargo, lo que nadie puede cuestionar es que esta cuestión no puede seguir en lista de espera.

Los estudios coinciden en que al menos uno de cada cinco niños o niñas son víctimas de abusos sexuales en Cataluña. Sin embargo, sólo uno de cada diez casos sale a la luz. En siete de cada diez denuncias, no se llega nunca a juicio. Y cuando llega, un 73% de los procesos legales acaba sin condena. El engorroso proceso al que se somete a la víctima y un modelo ineficaz de detección tienen como resultado que la mayoría de agresiones quede en la impunidad. Los niños y niñas siguen en manos de su agresor durante años, a veces hasta alcanzar la mayoría de edad. Normalmente no reciben ni terapia ni apoyo y cargan con un calvario el resto de sus vidas.

Una gran parte de estos abusos se producen en el entorno familiar pero también se dan en los colegios, en las actividades deportivas, en los entornos de ocio. Existen protocolos pero no funcionan porque no tenemos un modelo efectivo de abordaje de las violencias sexuales. Sólo el 15% de los centros escolares comunica a la administración cuando un niño o una niña denuncia una agresión. Cuando una madre descubre que su pareja está abusando de su hijo o hija, es habitual que se le acuse de inventárselo bajo el llamado síndrome de alienación parental, como constataba en octubre pasado un reportaje de El Periodico.

De alguna forma, es como si intentáramos esconder la cabeza porque nos resulta demasiado duro escuchar a un niño o una niña explicar que su padre, su padrastro o su profesor le han obligado a hacerle una felación, que tiene pesadillas pensando que se repetirá. Yo me he visto en esa situación, la de escuchar una confesión, y es duro asumir que esta realidad forma parte de la vida cotidiana de muchos niños y niñas.

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Como plantean las víctimas que explican sus historias, es hora de que nos miremos al espejo y hagamos un examen de conciencia. Y que lo hagamos con responsabilidad. El abordaje de las violencias sexuales en la infancia no puede servir para sacar réditos políticos ni para conseguir titulares fáciles. Hay que analizar los protocolos y ver qué no está funcionando. Es urgente que el hecho de no denunciar comporte penas y evitar que los delitos prescriban, como establece el anteproyecto de Ley para la Protección de la infancia frente a la Violencia que se presentó en el Congreso en diciembre pasado. Hay que desplegar nuevos modelos, como el de las Cases de infants que propone Save the Children, para facilitar que las denuncias prosperen.

¿No habrá sido un sueño? Pregunta la madre a una de las víctimas de los Maristas cuando el niño le explica lo que ha sucedido. Es lo que siempre sucede: se duda de la víctima. Por desgracia los abusos no son un sueño. Afectan al 20% de nuestros niños y niñas y tenemos que poner los recursos humanos y materiales para que dejen de ser una pesadilla.