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Dos miradas

Joaquim Benítez se tapa la cara durante el juicio celebrado en marzo en la Audiencia de Barcelona.

ALBERT BERTRAN

Con su actuación ante la pederastia, los Maristas han manchado, con la indignidad del silencio y la capa de la tolerancia para con el crimen, esfuerzos educativos loables

El informe final del fiscal en el juicio del 'caso Maristas' es demoledor. Plantea la peor situación posible para la congregación, porque de hecho eleva a una acusación moral colectiva la acusación penal e individual contra Joaquim Benítez. Es salpicada toda la orden, en un plano que va más allá de la responsabilidad individual. Este, creo, es el argumento clave en todos los casos de pederastia que hemos vivido (y que, desgraciadamente, seguiremos viviendo), porque no se refiere a la acción reprobable de alguien (que responde por sus actos), sino al consentimiento, la negatividad, el oscurantismo, la ocultación por parte de una institución.

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Quizá por eso el fiscal Javier Faus ha hecho referencia a Marcellin Champagnat, el fundador de los Maristas de quien toma el nombre la fundación que gestiona las escuelas. Aunque se equivoca en un detalle (no es beato sino que ya es santo desde hace unos años), invoca su memoria para cargar contra la orden: "No tengo ninguna duda de que el beato Marcelino, en el cielo, está turbado con la actuación de la fundación". No soy capaz de decirlo con tanta seguridad, pero en cualquier caso han manchado, con la indignidad del silencio y la capa de la tolerancia para con el crimen, esfuerzos educativos loables. Me vienen a la cabeza las estrofas del himno marista: "Padre que la senda nos mostró del bien...", y pienso que tal vez sí tenga razón el fiscal. "Inflamado apóstol de alma noble y pura", dice la canción. Hoy, el legado moral es oscuro y tétrico.