Desaparecidos en el Mediterráneo

35.597 tumbas sin nombre

Los emigrantes muertos tratando de llegar a Europa forman parte del ejército de los sin nombre, de cuya memoria, decía Walter Benjamin, depende una construcción humana de la historia

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Rescate en alta mar de una barca repleta de inmigrantes y refugiados africanos, en aguas de Libia, este verano.

Rescate en alta mar de una barca repleta de inmigrantes y refugiados africanos, en aguas de Libia, este verano. / RICARDO GARCIA VILANOVA

35.597 es el número de emigrantes muertos desde el año 1993 tratando de llegar a Europa. La inmensa mayoría se ahogaron en el Mediterráneo que ya no es el Mare Nostrum, la cuna de la civilización, sino el mayor catafalco del planeta Tierra. Son muertes debidamente documentadas, aunque en la mayoría de ellas solo conste que murieron. Forman pues parte del ejército de los sin nombre, de cuya memoria, decía Walter Benjamin, depende una construcción humana de la historia, consciente de que la historia inhumana que estamos haciendo los contemporáneos tiene como piedra angular su olvido.

Hace poco más de un año, la genial artista colombiana Doris Salcedo propuso una intervención en el Palacio de Cristal de Madrid, titulada 'Palimpsesto', dedicada a los desaparecidos en las aguas del Mediterráneo. Del suelo del Palacio surgían gotas de agua que lentamente se unían hasta componer  nombres de ahogados al intentar alcanzar una playa europea. Era el momento de la memoria que devolvía los cuerpos al mundo de los vivos para que tomáramos conciencia de lo que estábamos haciendo, un momento fugaz porque lenta e inexorablemente volvían a descomponerse los nombres hasta perderse en el anonimato mortal del agua.

Detrás de cada vida anónima hay una tragedia

Esta imagen de fugacidad que presta el agua al nombre de los sin nombre, no refleja solo el destino de los emigrantes. El sociólogo de cabecera de nuestro tiempo, Zygmunt Bauman, también recurre a la imagen del agua para hablar de nosotros, los que pensamos estar a salvo al otro lado de la orilla. Habla en efecto de un “mundo líquido”, es decir, sin perfiles ni causas que defender, que liquida, sin embargo, a los más débiles convirtiéndoles en material desechable.

No se trata de equiparar destinos, pues somos nosotros los que les disolvemos en agua, mientras levantamos barricadas para asegurar nuestro bienestar. En lo que sí nos une la metáfora del agua es en que a la liquidez o licuación que nos amenaza no se le hace frente con diques pues así no se pone fin a esos sesenta millones de emigrantes que buscan un lugar mejor en alguna parte del mundo.

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La  indiferencia ante estos destinos, que puede resultar suicida, solo puede romperse nombrando a los sin nombre o, como bien hizo este periódico publicando la lista de los 35.597, haciendo memoria de los sin nombre. Ahora el lector tiene que hacer el resto, a saber, leer lo no escrito. De muchos de esos muertos solo se dice donde murieron. Sería un error pensar, sin embargo, que estas muertes sin nombre son vidas anónimas. Detrás de cada una de ellas hay una tragedia. Quienes trabajan en estos frentes de muerte dicen que vienen los mejores. Niños valientes que se ponen en camino para buscar una ayuda que salve a los suyos. Leer lo no escrito es reconocer esas biografías. Cuando se publicó el 'Diario de Anna Frank' fue tal la conmoción en el mundo que alguien aconsejó no seguir por ahí porque no lo soportaríamos. De eso se trata precisamente, de poner rostros y caras a esos muertos anónimos. Para eso no hace falta indagar en sus países de origen: basta escuchar la historia de cualquier emigrante que encontremos por la calle.