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La clave

Pablo Casado durante un acto en Valencia.

MIGUEL LORENZO

Que cada palo aguante su vela

Enric Hernàndez

El adelanto electoral a mayo solo puede empeorar el escenario para el independentismo: o tridente de derechas, o pacto PSOE-Cs

Las cartas ya están boca arriba. El Gobierno de Pedro Sánchez ha perimetrado los límites del diálogo posible con la Generalitat: sí a más autogobierno para Catalunya, no a un referéndum de autodeterminación. Lo que no ha evitado que una fruslería, la figura de un relator que tome nota de las reuniones entre partidos, desate un terremoto político-mediático, tanto fuera como dentro del PSOE.

Las derechas se han descarado y bandera en mano marchan este domingo junto a ultras de todo pelaje, desde Vox hasta la Falange, para demostrar que el denostado régimen del 78 sí es reversible, pero con espíritu reaccionario. El ‘¡A por ellos!’ toma las plazas antes de asaltar el poder.

En el Congreso, los grupos independentistas tendrán en su mano retirar sus vetos a los Presupuestos, facilitando una prórroga de la legislatura y el escenario de diálogo que tanto reclamaban, o votar junto a PP Ciudadanos, lanzando al aire la moneda del anticipo electoral. Al cabo, el soberanismo decide este miércoles qué gobierno quiere que administre la futura sentencia del Tribunal Supremo contra los líderes del ‘procés’.

Sobre la mesa de Sánchez, el ‘superdomingo’ electoral del 26 de mayo—legislativas, europeas, autonómicas y locales—, verdadero rompe aguas histórico en medio de la mayor crisis territorial en 40 años de democracia. Si se impone el tridente andaluz, regresión del proceso autonómico, abolición de las instituciones catalanas y cerco legal al independentismo. Si opera el voto útil de la izquierda y las derechas no suman, un acuerdo PSOE-Cs que desbarataría toda esperanza de explorar una salida negociada al conflicto catalán. Cualquier escenario imaginable es peor para el independentismo que la presente coyuntura, en la que sus escaños en Madrid son determinantes.

Respuesta simétrica

El simplismo populista y la apropiación indebida del catalanismo y del espacio público —‘els carrers seran sempre nostres’— han hallado simétrica respuesta en un nacionalismo español antes agazapado, pero siempre convencido de que las avenidas y España entera eran de su propiedad. Ahora, que cada palo aguante su vela.