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Claudio López Lamadrid

Claudio López Lamadrid, en su despacho. 

JOAN CORTADELLAS

Los años y los daños

Olga Merino

El editor Claudio López de Lamadrid ha fallecido, a los 59 años, en ese arco de bóveda en que la plenitud del talento se junta con la experiencia atesorada

No puede ser, no puede ser. Es lo primero que acierto a decir cuando un buen amigo me comunica la muerte súbita de Claudio López de Lamadrid, director editorial de Random House. De golpe, un infarto cerebral en plena reunión de trabajo. A los 59 años, en ese arco de bóveda en que la plenitud del talento se junta con la experiencia atesorada. Al rato, Carina Pons, de la agencia Carmen Balcells, me recuerda la frase que alguien le dijo cuando Manuel Vázquez Montalbán falleció en el aeropuerto de Bangkok, también así, de un mazazo: "Es el primero de la barra que se va". Y ahora, Claudio. El jueves, en uno de sus últimos tuits, el editor transcribía un poema del chileno Raúl Zurita, que leído en estos momentos parece un adiós premonitorio, una despedida muy pensada: "Entonces guárdame en ti/ en los torrentes más secretos que tus ríos levantan/ y cuando ya de nosotros/ sólo quede algo como una orilla/ tenme también en ti/ guárdame en ti como la interrogación de las aguas/ que se marchan".

Aún tiemblo. No quiero ni imaginar el desgarro de sus amigos, sus dos hijos, su pareja, sus escritores más íntimos… Hablé muy pocas veces con él, pero las suficientes como para sentir que se va uno de los grandes, y a traición. La primera vez fue un Sant Jordi de hace lo menos 20 años, cuando Claudio acudió a uno de los tenderetes de la plaza de Sant Jaume a regalar una rosa a Cristina Peri Rossi, una rosa de un rojo burdeos -"color terciopelo puta", bromeó él-, y me entregó otra a mí, sin conocerme ni falta que le hacía. Un caballero, de los pies a la cabeza.

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Salgo a caminar bajo el frío. La luz tan limpia sobre las hojas de los plátanos, la transparencia de la mañana, acrecientan la sensación de perplejidad. Ladra un perro a lo lejos. "Cuando las nubes nos indiquen/ que se nos fue la vida entre los dedos", prosigue el poema de Zurita. Qué barbaridad, cómo han pasado los años. Antes, cuando la vida era un campo inabarcable, una no echaba cuentas del tiempo, y, sin embargo, ahora la arena rechina entre los dientes mientras la rueda del hámster sigue dando vueltas. Cuántas palabras no dichas a tiempo, cuántos amigos por visitar, cuánto perdón por pedir, cuántos abrazos. No puede ser.