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Un fotograma de ’La balada de Buster Scruggs’.

Los Coen y el pasado

Desirée De Fez

Además de parecerme una obra inmensa, 'La balada de Buster Scruggs' de los Coen (en Netflix) me ha recordado estos días algo que no solo había olvidado, sino que de algún modo había empezado a cuestionarme: en temas de cine, el pasado importa. A lo largo del año, los que nos dedicamos a la crítica encontramos un montón de películas buenas… también demasiadas obras maestras. Y, a veces con un exceso de pasión, intentamos despertar la curiosidad sobre esos filmes y animar al espectador a verlas. No es fácil. Hay tanto por ver en cines y plataformas que es lógico que el espectador potencial (o el espectador potencial que nos haga caso) se pregunte “¿ésta es realmente buena o es otro 'hype'?”.

Por muy absorbidos que estemos en el presente, nuestro pasado cinéfilo es importante y valioso

Soy consciente de que Twitter no encierra la verdad absoluta, y de que el éxito en redes de una película no implica su éxito a otros niveles. Pero, aun así, para mí ha sido bonito ver como esta semana 'La balada de Buster Scruggs' se defendía sola, como los comentarios de los que nos dedicamos a esto se compartían, se deslizaban repetidamente por nuestros TL y generaban las interacciones más interesantes y entusiastas. ¿Por qué ha pasado con la película de los Coen? Pues, además de porque es buenísima, porque es una película de los Coen. Y, por muy absorbidos que estemos por el presente, nuestro pasado cinéfilo es importante y valioso. Está bien acordarse de eso. Igual suena viejo, pero me da igual.

'La balada de Buster Scruggs' está en otra liga a todos los niveles: escritura, dirección, puesta en escena, interpretación… Y el quinto episodio es lo más grande. Pero si ha sido abrazada con tanta calidez no es solo por buena, sino también porque activa en nosotros cosas que igual no son imprescindibles pero sí son importantes para llegar a una película. Entre ellas están una relación cinéfila y/o emocional extendida en el tiempo con la filmografía de un autor, el recuerdo de las cosas que más nos gustan de sus películas (esos impactos que perviven, delicadamente distorsionados, en nuestra memoria) y el reconocimiento de un cineasta (en este caso dos, los Coen) que nos sigue removiendo por dentro.