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Contra los malos tratos

Una mujer víctima de violencia de género, en su vivienda.

EFE / JORGE ZAPATA

Orden de alejamiento al machismo

Ana Bernal-Triviño

A la hora de la verdad, si el agresor está dispuesto a matar hará lo que sea por conseguirlo, aún más cuando sabe que no está vigilado

Contener la respiración cuando se escuchan unos pasos. Mirar hacia atrás cuando abre la puerta de casa. El dolor de escuchar en la radio una nueva mujer asesinada y preguntarte, nada más levantarte, si hoy tu maltratador seguirá cumpliendo la orden de alejamiento o si vendrá a por ti. 

Así viven las mujeres que han denunciado malos tratos, que han pedido amparo al sistema y que, con suerte, consiguen una orden de alejamiento de su agresor. Pero viven con inquietud porque saben que están expuestas, como otras asesinadas. No hay estadísticas oficiales, pero cuando no vemos que han asesinado a una mujer mientras quiebran la orden, vemos que la quiebran para intimidar o para acosar. Algunas ni lo consiguen, porque la valoración del riesgo puede minimizar el maltrato, a pesar de que el propio Tribunal Supremo dictó este verano que el maltrato sin lesiones debe de conllevar la orden de alejamiento.

Pero, ¿por qué algunos maltratadores ignoran esta orden? Porque saben que, hasta ahora, pueden. Estas órdenes han sido y son una medida disuasoria, una advertencia de la justicia, un toque. Pero, a la hora de la verdad, si el agresor está dispuesto a matar hará lo que sea por conseguirlo, aún más cuando sabe que no está vigilado, que nadie le para los pies. Después de cumplir su meta, las mujeres asesinadas y la frase de "tenía orden de alejamiento" aparecen en los titulares sin remedio. 

Nos preguntamos los porqués y la única respuesta es que no hemos sido capaces de proteger a estas mujeres. Es necesario creer lo que cuentan, es necesario profundizar cuando ellas mismas minimizan por miedo. Y es preciso que los hombres condenados sean obligados a recibir terapia inmediata para que esta constituya un cauce para detectar si el riesgo de la víctima puede ir a más.

Luego está el tema de las pulseras que, hasta ahora, dieron un resultado nefasto, con alertas innecesarias que han angustiado a las víctimas. O, incluso con maltratadores que han sabido usarlas para crear más inquietud y miedo en ellas como venganza. 

Poco se habla de que mientras muchos de estos agresores han vivido con total libertad, otras mujeres se han visto obligadas a reducir su vida a cuatro paredes en una casa de acogida, en otra provincia o cambiando su nombre. Esto lo recuerdo, sobre todo, para quienes acusan a las mujeres de mentir y de que su palabra provoca de inmediato que metan a un hombre en la cárcel. Solo hay que ver cómo ellos quedan libres para terminar asesinando, y ellas acaban bajo tierra, cuando no son sus hijos e hijas. 

Un cauce de esperanza

En nuestro terreno privado, conviene una orden de alejamiento a cualquier manifestación de machismo y condenarla. Las nuevas medidas del Gobierno son, al menos, un cauce de esperanza, aunque solo la educación feminista puede resolver este asunto a medio-largo plazo. La pena es que no hemos podido hacer nada por todas estas mujeres, niñas y niños que ya no viven porque un maltratador así lo quiso, porque escuchar 'orden de alejamiento', para él, fueron palabras vacías.